Natica (primer capítulo)

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Portada de Natica con perfil.jpgEl piconero lleva los pantalones viejos atados con una guita, ceñida justa, bajo una camisa ancha, azul, de trabajo, bamboleada por el viento y los esfuerzos. Es 18 de febrero de 1926, hace frío en la sierra cordobesa, quizá más que otros años, y a pesar de ello una mancha de sudor se extiende por el pecho y los sobacos. Se seca la cara con las mangas, libera la cabeza del gorrete que lleva encajado hasta las orejas y lo deja junto al botijo, sobre un trapo donde guarda pan con un arenque. El saquito que le ha tejido su mujer no ha volado con el viento, sigue en la rama columpiándose como si una forma invisible lo ocupara, lo lleva siempre con él, le gusta mirarlo entre respiros porque la ve a ella y le ofrece la prenda buen servicio cuando arrecia el frío.

La madera que ha conseguido amontonar llega ya hasta su altura de hombre menudo, tiene la alzada justa que necesita la tarea. Se aparta unos metros para, con perspectiva, comprobar que la leña está colocada en forma de hongo gigante, bien dispuesta. Corta con el hacha otra pila más pequeña hasta convertirla en astillas, las ramas crujen como si suspiraran, cree el piconero que el bosque acaba de descubrir, de súbito, su suerte. Las adereza con el brío que da la práctica de los años, las engarza al montículo grande ya formado de menor a mayor a modo de apéndice leñoso, que hará de mecha para que, sin esfuerzo, la leña chica contagie de candela a los troncos grandes.

Se introduce coja la camisa en los pantalones, algo molesto por la incómoda oscilación de la tela que interfiere sus movimientos. Da saltos, forra con ramas y barrujo la parte alta del gran montículo de leña, lo cubre de tierra como manda el protocolo de piconero, debe ser precavido y no olvidarse de dejar cuatro agujeros para que respire la hoguera. Busca el aire y a su favor enciende el fuego, que prende rápido, apaciguando el frío, el que está sintiendo en el escaso intervalo de reposo. Las llamas se extienden rápidas a la pila grande, ahora solo toca esperar a que la candela haga su trabajo y vuelva carbón los muñones de árboles muertos. La tierra amontonada encima caerá sobre la fogata, agua sólida para que la lumbre no pase de ahí y no corra riesgo ni él ni la sierra.

--¡Manuel, Manuel, que ya ha nacido!

Es el Tío Papeles el que se acerca, baja gritando por el cerro. Manuel recién se ha sentado sobre un pedrusco frente a la hoguera para, a su calor, comerse el almuerzo. Los gritos del Tío lo distraen en el momento en que está cortando el pan con la navaja, la hoja de acero traspasa la miga y le siega la palma de la mano del pulgar al meñique. Aclara la herida sin prisa, a chorro de botijo, refresca el olor a sardina de los dedos, unas gotas de sangre ennegrecidas caen y pintan las piedras.

El piconero es cuñado y amigo del Tío. Manuel se pone de pie para recibirlo. Una ristra de trapo viejo le ha servido para taponar la herida. El pariente llega tembloroso por la emoción y no se percata del daño que muestra el piconero en la mano y en la expresión de la cara.

 Rafael Benavente es más conocido por el Tío Papeles que por su nombre. --Mote cuyo origen se desconoce--. Es delgado igual que Manuel, pero algo más alto, lo atrae hacia sí y lo aprisiona sin dejarlo respirar, los huesos de Manuel se amanojan entre sus brazos y el pecho, le da la enhorabuena con el aliento ahumando las palabras.

--¿Qué ha sido?

--¡Hembra, Manuel, hembra!

--¿Se encuentra bien mi mujer?

--Sí, la ha atendido la comadrona y tu hermana, todo ha ido muy bien.

--¡Vaya, una hembra! --La mirada de Manuel se la lleva la tierra--. Tendrá ayuda en casa la mujer.

El piconero no parece alterado por la noticia, pasea meticuloso alrededor del fuego. Tiene la cara tiznada y los globos de los ojos lucen tan blancos cuanto le permite el contraste con la carbonilla, aunque ha tomado sus precauciones comprueba el fuego, respetar el perímetro limpio de rastrojos es primordial para que ninguna brizna descalabre de la candela y haga de las suyas en el monte.

Los dos hablan con acento andaluz, dejan de pronunciar algunas letras, pocas, pero el oído intuye el significado a pesar de ser aspiradas, sobre todo las eses finales, por esos rincones cuando se desprenden de los labios sazonan la tierra y no hace falta que suenen para comprender que son plurales.

Se sientan sobre un pedrusco. El biruji obliga al piconero a rescatar el saquito de la rama, el trajín del viento ha adherido a la prenda las brozas de medio bosque, al piconero no le importa porque le hace sentirse del mismo material que el campo. Ofrece el botijo a su pariente; el Tío bebe.

--Pero, hombre, ¿no te alegras? Es preciosa, ha salido «Fernández», piconera, Manuel, la más bonita de todas las mujeres de Córdoba.

Manuel mira a su cuñado pensativo, adivina en el entusiasmo del hombre la falta de hijos, avanza hacia él mientras sus orejas, algo separadas de la cabeza, recortan el resplandor de la lumbre, una desaparece inesperada entre sus dedos para rascarla antes de contestar.

--Me alegro, Rafael, claro que me alegro. --Manuel llama Rafael al Tío Papeles solo en momentos trascendentales--. Es mi hija y un hijo siempre es una alegría; pero no nos engañemos, su trabajo lo trae, además es mujer y si encima dices que ha salido bonita...--El recién padre se lleva la mano a la barbilla--. Eso no son más que problemas, cuñado, problemas..., y una boca más... No me va a quedar otra que recoger el doble de piñones y hacer más picón, lo siento por el burro por que un día de estos quizás lo reviente.

 Manuel no sabe que esa niña solo será la segunda de los nueve hijos que le deparará el destino.

--No te veo hombre con miedo al trabajo, Manuel, mira tú. Si no la quieres, ya sabes, me la das para mí, al fin y al cabo, tú ya tienes un niño.

Manuel sonríe, le da una palmadita en la espalda al cuñado, el Tío dice lo mismo en todos los nacimientos de familiares y amigos.

--No, Rafael, la niña es mía y sin conocerla ya la quiero más que a nada en el mundo, debe de ser esto cosa de la sangre que ata y tira más que las morcillas.

El Tío Papeles asiente, los dos observan cómo se extingue el fuego, hay que darle tiempo al aire de la sierra para que lo enfríe y brote el carbón.

Al atardecer lo introducen en las sacas, el Tío le ayuda, como bien dice Manuel hay una boca más, aunque por ahora solo se alimente de teta de madre.

--¡Mioreja!, prepárate --ordena Manuel al burro.

El animal baja la cabeza, recta, milimétrica, ha aprendido la maniobra a base de vara verde, no es distraído por las dos moscas que entran a beber en uno de sus ojos ni las que le revolotean las partes bajas y tiernas del vientre, es el agua y el calor que necesitan los insectos para sobrevivir al invierno, y le parece a Mioreja que tales bichos son siempre los mismos individuos. Parte de la carga descansa sobre el aparejo, el resto la ha colocado dentro de las alforjas y porque el lomo del burro se acaba, piensa a veces Manuel.

 Las tres figuras caminan sombreadas por tres nubes grises que han untado el cielo de oscuro, aire limpio, luz cansada en la tarde de invierno. Es hora de volver a la ciudad, a Córdoba, a casa. El camino reaviva a Manuel el escozor de la herida y con ella el pensamiento de que ha vuelto a ser padre, tiene ganas de ver a la niña, ¡claro! Estira el trapo que le hace de venda y cubre mejor la herida. ¡Una hija, una hija!, grita para sus adentros.

 

Natividad Ramírez, la mujer de Manuel, se ha despedido agradecida de María La Morena, también llamada Mariquita y mujer del Tío Papeles, hermana de Manuel. La cual ha ayudado a la comadrona. Las dos cuñadas tienen sus diferencias de caracteres, pero Mariquita no quiere perderse ningún alumbramiento familiar. Le empezó la venia por haber salvado la vida del hijo de otra parienta, al darse cuenta, tras marchar la partera, de que la criatura había dejado de respirar y ya el niño cárdeno, color muerte, le metió los dedos y le sacó de la garganta resto de inmundicia de la madre. Cree que esa habilidad para salvar infantes le viene como recompensa a su estéril matrimonio, pues a punto de alcanzar la cincuentena tiene ya del todo las esperanzas de madre, perdidas.

 Hace dos horas y media que Mariquita se ha marchado de la Rinconada de San Antonio número 5, la calle donde viven Manuel y Nati, debe aprovechar la poca luz que queda de día para llegar a su casa. Se encamina hacia «El Olivar», una finca a medio camino de Cerro Muriano, a tres horas con paso ligero si se va por sendas de bosque. Allí, junto a su marido, se les pasa la vida haciendo de guardas. A la mujer se le enredan los pasos en la falda negra, va abrigada con toca de lana sobre la cabeza y la boca, le viene a la memoria la rencilla que se trae con su cuñada Nati, la desecha del pensamiento para sustituirla por la cara de la recién nacida. Ella ha cumplido, ha dejado a la niña con buen color, al principio la criatura no quería mamar, pero pocos chiquillos se resisten a sus friegas en la planta de los pies. La niña se ha quedado tranquila, limpia y vestida, y la madre bien despabilada y con poca pérdida de sangre. Mariquita ha calculado llegar a la finca antes que el Tío Papeles, ella también tiene deberes que atender, su marido volverá hambriento y cuando se enfada no las gasta buenas, y tampoco hay que provocarlo.

 Nati está de pie ante los fogones, tiene la niña sujeta con el brazo izquierdo, sobre sus senos, el lugar es una cocina comunitaria en la que a cada vecino le corresponde un fogón. La construcción se alza alrededor del patio, contiene un naranjo antiguo, un único retrete también comunitario, el pozo y el pilón para lavar la ropa, allí viven doce familias en las doce habitaciones que conforman la finca: siete en la planta baja y cinco en la azotea.

Mientras Nati cocina, Antoñito, su hijo de dos años, no se desengancha del vestido. Lo llaman Moreno por ser el niño igual de oscuro --pelo, piel y la junta de las uñas-- que el tizón, ha salido a la rama del padre. Moreno observa de vez en cuando el vientre deshinchado de Nati, se hace sus cábalas de infante y determina que la panza que tenía la madre desde hace nueve meses era por algo que comió y ya ha soltado.

Nati recibe la primera visita tras parir, es Tallero, el gitano, la gente dice que se entera de manera no humana cuando nace una criatura por la rapidez con que aparece en el lugar del acontecimiento. Su don es predecir el destino de los recién nacidos. Es gitano viejo y vive también en el barrio de las Costanillas, pero unas calles más abajo, en un sitio para gitanos alejado de la Rinconada de San Antonio. La mujer escucha al hombre sin dejar de remover con la cuchara de palo las gachas que cocina, es la cena del marido y no quiere grumos en la papilla, borococos los llama ella. Comer caliente al menos una vez al día, ese es su lema, más para su hombre que ha estado en la sierra y vendrá hambriento y destemplado.

El gitano vive de la voluntad por pronosticar el sino de los recién nacidos de tres kilómetros a la redonda, más lejos no, por la fatiga de andar, pues ya se encuentra viejo. Nati sospecha que tiene sus reglas el gachón, y sin saberlo acierta, porque el gitano nunca menciona si ve o no a la muerte rondando al nacido, o si no va a alcanzar los siete años, circunstancia frecuente en los tiempos que corren.

--¿Qué nombre le pondrá? --pregunta Tallero.

A Nati le alerta el olfato el olor a gachas pegadas en el fondo de la cacerola, quita el recipiente del fuego, con prisa, arrastrándolo con una mano.

--Necesito saber el nombre para mejor pronosticarle el futuro a su hija --insiste Tallero.

Antoñito juguetea alrededor de Nati, detiene de pronto las carrerillas al ver la mueca de dolor en el rostro de la madre. Ha sido un retortijón en el vientre el que la ha obligado a sentarse, un cuajarón de sangre venido de las entrañas calienta el trapo que lleva entre las piernas. El niño le acaricia la mano, la madre sonríe para tranquilizarlo. La recién nacida sigue con los ojos cerrados, la recoloca entre los pechos porque algo le dice que debe protegerla de la negra ropa que viste el gitano de pies a sombrero.

--La llamaré Natica.

En ese momento llega una vecina a los fogones, es Paca la pichón, se dirige con aparente albur a aderezar el fuego contiguo, la llaman la pichón por el buche flácido que le cuelga de la barbilla.  Trae un cazo con la panza agujereada rebosado de castañas viejas para asarlas. Nati sabe que no se le ha ocurrido excusa mejor para estar en la cocina y enterarse de la conversación. Conoce bien a la Paca y sus costumbres, sale a las voces como los caracoles a la lluvia. Y verdad es que Paca viene resuelta a no perderse lo que allí se cuece, ya que le llegan tenues y entrecortadas las palabras hasta su casa y no acaba de comprender del todo las frases; aunque vive en la planta baja.

--Pero, ¡chiquilla! --Paca habla con una mano sujeta a la cintura, sepultada por uno de sus enormes pechos--, ¿qué haces de pie, recién parida? Anda, siéntate, mujer, que ya me hago yo cargo de la olla.

Nati adivina el pago que demandará Paca por el favor: un platito de gachas y enterarse bien enterada de lo que tenía que decir el gitano.

La niña sigue dormida como si todavía no quisiera saber nada del mundo, la madre piensa que hace bien, que aproveche, ya tendrá tiempo para sufrir. El niño Moreno se instala entre las piernas de Nati, se da cuenta de que la nueva hermanita le ha robado algo de su madre.

--Gracias, Paca, estoy esperando a que las gachas se enfríen un poco.

--Huelen de maravilla, hay que ver la corteza de limón y la canela en rama el olorcito que despiden y el saborcito tan rico que le dan --apunta la vecina, relamiéndose.

La hija de la gran puta está haciendo boca, piensa Nati.

--Tú no hagas nada, mujer, que ya te las llevo yo a tu casa.

                  Paca la pichón mueve la cabeza, pretende reñirla cariñosamente, alza las cejas dejando por imposible a Nati. Devuelve el carbón al cesto y esconde las castañas bajo el fogón, a buen recaudo, ahora ya tiene mejor disculpa para quedarse y poder enterarse bien de la conversación, se ha librado de asarlas, con un poco de suerte criarán más gusanos y por el mismo precio tendrá carne y vegetal, además, conlleva riesgo cocinarlas delante de gente porque de triquiñuelas todos sabemos y se empieza por «Qué bien huele» y se acaba teniendo que compartir. Saluda a Tallero, se santigua cuando este no la ve para protegerse de lo oscuro, de lo que no conoce y se escapa a sus entendederas. Intenta estirar la oreja, prolongarla más allá del cuerpo para orientarla como es debido hacia la conversación. Recuerda el dicho de las lenguas del barrio: «Si no se deja al gitano hacer sus predicciones una desgracia grande caerá no solo sobre la familia en la que ha nacido el infante, sino sobre las personas que lo rodean más allá de dos cuadras».

El brujo se quita el sombrero de vuelo de cuervo, lo cuelga en el muñón de una silla, el lance de Antoñito será ahora hacerlo suyo. El gitano, solemne, cubre a la recién nacida con las dos manos, inclina su retorcida espina dorsal y, al hacerlo, Nati huele en su ropa a gente amontonada. Abre los dedos en abanico sobre la cara de la pequeña, sus manos son de color aceituna, entumecidas por las venas y bultos de tendones viejos. El color es por la casta, el resto por los años vividos. Al gitano brujo se le vuelven los ojos, se mira los sesos durante unos minutos, al volverle los discos a las cuencas dicta sentencia con voz ronca. A Paca y a Nati les recorren escalofríos.

--No me gusta...--niega con la cabeza mientras emite ruiditos con la saliva aspirada--. Mal traer y llevar va a tener esta moza.

Nati se recoge con brío, tras la oreja, una onda de pelo recién desprendida.

--¿Qué quiere decir con eso, gitano?

El viejo engurruñe los labios con una mano, se forma una boca de conejo que obliga a salir estrechas a las palabras.

--La niña va a ser muy hermosa, pero rebelde, le va a traer más disgustos que alegrías a su familia.

Parece que hoy sobrevuela con mal agüero, gitano. ¿No será que viene hartito de vino? --dice la madre irritada.

La vecina quiere escuchar los malos augurios desde la primera fila y se sienta junto a Nati. Paca no abre la boca, no mueve un dedo para que no se le escape nada de lo que allí se diga y porque teme al mal fario. Recuerda la predicción que hizo Tallero al hijo de María García Colorado, una vecina de arriba, le sacó al niño que había nacido en cuerpo equivocado y más que hombre iba a ser fémina y apenas cumplió los trece años ya robaba las faldas de los tendederos para vestirse con ellas.

--Yo cuando trabajo soy muy formal y todavía no ha entrado vino en mis entrañas. A estas alturas de mis años, con solo tres vasos me arden las tripas como si me hubiera bebido la botella entera, cosa de los vinos de hoy que ya no son como los de antes.

--Pues acaba de echarme encima un buen nubarrón, señor mío.

--Lo siento de veras, Nati, pero lo que no puedo hacer es engañarla. Yo he cumplido y poco más tengo que decirle.

Tallera estira el cuello y con una tosecilla muestra a Nati la palma de la mano, demanda sus honorarios.

--¿Y no puedo hacer nada para cambiar la suerte de mi niña?

--No se puede luchar contra la propia naturaleza y esta niña ha nacido pájaro libre y ni usted ni nadie podrá hacer carrera de ella.

Lo ha dicho Tallero con la voz muy baja. Paca desespera por las palabras que se le han perdido entre la oreja de Nati y la boca del gitano.

La madre se levanta de la silla procurando no despertar a su pequeña, atraviesa con la mirada los ojos del brujo:

--¿Y para qué sirve, entonces, saber lo que tiene que pasar si no hay remedio?

--A lo mejor para que no te pille desprevenida, mujer de Dios --dice Paca.

--Si le hago caso a este lo único que me ha adelantado son sofocones y tristezas.

--Alguna circunstancia tendrá usted que aprender --habla solemne Tallero.

--¿Qué quiere decir, gitano? --dice Nati colocando bien la cabecita de su niña en el regazo.

--Que todo sufrimiento nos viene para enmendar algo del alma, asuntos que no sabemos descubrir solos por ser muy propios y estar muy adentro --dice Tallero muy quieto, con la mano abierta a la espera del cobro.

--Y digo yo. --Nati junta las cejas--. Si en vez de una gorda le diera dos, ¿cambiaría el futuro de mi hija?

--Sabe Dios la faltita que me hacen las perras, pero mentirle no puedo. Me juego una cosa demasiado grande.

--¿Qué se juega, hombre? No nos deje así --habla Paca.

--Perder mi don y que la luz que llega a las cuencas de mis ojos se apague para siempre y, entonces, me muera de hambre y sed, sobre todo de sed que sin comer se puede estar más días que sin beber, y el vino, como todo el mundo sabe, de tener, tiene su alimento y no puede faltar en la sangre. A mí que me registren. --Levanta las manos--. No he sido yo quien así lo ha dispuesto, sino... --Señala con los índices el cielo--. Ahora bien, ya que me lo pide se lo puedo anunciar con más cariño si cabe, y a lo mejor al ver los de arriba su buena voluntad hacia mi persona, quizás tenga la criatura mejor suerte, sobre todo si me paga dos gordas y añade de propina un platito de gachas.

Nati mira a Tallero, desconfía, pero no quiere riesgos con lo intangible. Dice que sí con gestos al permiso que le pide Paca para servirle gachas al gitano.

--Tome, cómaselas y váyase buen hombre, no ve que esta mujer tiene que descansar, acaba de parir. ¡Ay!, si los hombres pariesen...-- Se da un golpe en la frente para decirlo.

El gitano recupera el sombrero de la cabeza de Antoñito, lo mira molesto, después se come las gachas a cucharones. El niño no se conforma y le tira del pantalón, se ha quedado con más ganas de jugar. Sin enterarse madre ni vecina, Tallero sacude la pierna para deshacerse del pequeño como lo haría de un perro chico que se le meara encima. El brujo se marcha con prisas, con las dos perras gordas apretadas en el puño, antes de que el niño se eche a llorar por sus patadas. Una vez en la calle y con el frío, advierte que la calentura producida por las gachas en las tripas si se comparase con la del vino ganan las primeras por tener mayor consistencia, aunque la alegría que ofrece el vino al alma no la da la harina ni ningún otro alimento.

Paca se ofrece al traslado de la cacerola a la casa de Nati, la deposita sobre la mesa.

--En la cama te quiero ver, descansando con tu hija.

Nati no contesta, el brujo la ha dejado preocupada, se arrepiente de haberlo escuchado.

--No le hagas ni pizca de caso a ese gitano de mal vivir, mujer de Dios. Esta preciosidad no te puede dar mala vida, con lo bonita que es ella..., mírala...--Paca agita su buche de pichón sobre la niña para hacerle una carantoña.

--Gracias, Paca, Dios te lo pague. Todavía tengo el olor a zorruno de ese hombre metido en la nariz.

Paca no comenta sobre el olor de Tallero, se da cuenta de que a ella no le ha molestado, se quita de la cabeza que debe de ser porque es semejante al suyo. Erguida y digna se adereza el moño, lo último de este mundo es dejar traslucir el pensamiento y que se sepa cómo es una por dentro.

--No llores, Antoñito --dice Paca para cambiar de tercio--, ven, verás cómo le da teta tu mamá a la hermanita. Bueno, Nati, yo ya me voy que es tarde.

En ese momento entra Manuel por el portón de la finca, ha dejado a Mioreja en la cuadra y al Tío Papeles en El Olivar, a medio camino. Cuando se dispone a entrar en la casa topa con Paca:

--¡Enhorabuena, Manuel!, una niña para comérsela.

--Gracias, vecina, a conocerla voy.

Paca, ya en su vivienda y sin que nadie la oigaa, se dice en voz alta: «Aunque parece que un poco pelleja si te va a salir».  Se percata, entonces, de que se le ha olvidado pedirle el plato de gachas: «¡Maldita sea!, seré tonta, pues sí le han salido baratas mis atenciones».

Nati da de mamar a su pequeña, sentada sobre la cama. Manuel no pierde tiempo en lavarse el tizne, son más las ganas de darle un beso a su mujer y conocer a la nueva hija que la mugre del trabajo. La madre quiere mostrársela, la maniobra obliga a la niña a soltarse del pezón, lo busca afanosa como la única ancla que la sujeta al mundo.

--¡Vaya!, es verdad que es bonita la joíaporculo.

Nati, orgullosa, la destapa un poco más para que su hombre compruebe la buena salud con que han fabricado al retoño y de paso presumir de la calidad de la horma de donde ha salido.

--Es muy hermosa, Manuel, ¿verdad?

Manuel afirma con la cabeza, no puede hablar, acaba de embelesarse con la sonrisa de su niña.

Moreno da pequeños toques en las piernas de Manuel, él también existe. Consigue la atención de su padre que lo coge en brazos y le retira con el pañuelo dos velones de mocos. Pero el piconero vuelve la mirada hacia Natica, mientras el hijo juega a trazarle en el rostro, manchado de carbonilla, un camino de color carne y con el dedo untado de hollín aprovecha a pintarse también la cara como un piconero.

--Manuel, no cojas al niño, hombre, hasta que no te laves.

--¿Has visto, Antoñito?, tienes una hermanita.

Aproxima su cara a la del hijo y señala a la pequeña.

La madre guarda el pecho izquierdo, prepara el otro, esta niña viene con hambre. Observa Manuel con deleite el tiro suave que ejerce la naricita de su hija en el filo de los labios, dibujándole un corazón.

--Ya me ha dicho el Tío Papeles que ha ido bien el parto.

--La verdad es que no me encuentro demasiado mal, un poco cansada. Con Antoñito lo pasé peor. ¿Sabes?, ya ha pasado por aquí Tallero.

--¿Tallero?

--Sí, el brujo.

--¿Qué dice ese gitano?

Nati ayuda a atinar a la pequeña con el otro pezón.

--Pues nada, ¿qué va a decir?, lo he dejado hablar por las supersticiones que tiene una, pero no dice más que tonterías.

--Ese haragán con tal de no trabajar y de sacar unas perras...

Nati piensa en lo que le ha dicho el brujo de su niña, decide no disgustar al marido con malas noticias sin fundamento, al final los hijos son en la fantasía de cada cual como cada uno quiere que sean, luego de mayores ya se ocuparan ellos de sacar los cuernos propios.

Manuel deja a Moreno en el suelo, se arrodilla ante la cama para observar de cerca a su pequeña. Acaba de comprender el afán que tiene la gente por la belleza, porque de pronto le ha desaparecido la fatiga del día.

 

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 Capítulo uno

Alaska, 185l

La mujer inuit camina sobre el hielo, lleva bajo el atigi (parka) de piel de caribú a su hija recién nacida, de vez en cuando su boquita caliente le chupa los pezones, cree que le ruega algo mientras bebe el alimento al que tiene derecho. El paso ligero le dirige al lugar sagrado donde reposan sus antepasados, los espíritus de la tribu.

Se detiene de pronto, un gran estruendo acaba de crepitar el aire, conoce bien el significado de ese quebranto, acontece antes de resquebrajarse el hielo. En efecto, una grieta de cincuenta centímetros se abre en el suelo y zigzaguea hacia ella, amenazante; separa las piernas como acto reflejo para formar un puente de carne y dejarla pasar sin consecuencias.  La hendidura marcha rasgando el hielo con trayectoria de ebria y prisa de loca. De un salto rectifica unos metros el trayecto, pero la naturaleza, enfadada por no haberlas podido engullir, levanta una ventisca, un grito sordo que toma forma de ondas en el ribete de piel de zorro cosido a la capucha, concebido para privar a la cara del azote del aire.

Hoy debe cumplir con su deber, de su acción depende la supervivencia de los suyos, han nacido demasiados niños este invierno y el alimento escasea. No es la muerte lo que le causa terror, sino el sufrimiento. Aunque es mil veces más duro luchar contra el instinto de madre que contra el viento y la ley. Oprime a la niña contra su seno. Camina autómata, espoleada por el deber, mientras el corazón le grita en las sienes palabras que no quiere oír. Por rebeldía a lo que se dispone a hacer, el cuerpo le responde con un latigazo doloroso subido hasta los pechos, enseguida colmados de leche.

La mujer inuit llega al lugar sagrado, deposita a la criatura en un pasadizo entre montañas de hielo, la deja bien envuelta en una piel de foca, liada con cuerdas como un pequeño envoltorio. Sabe que el gran oso llegará en breve, en cuanto el aire le lleve sus sollozos y el olor a carne tierna. Levanta los ojos hacia el horizonte helado, corresponde regresar. Observa unos segundos la cima de un enorme bloque de hielo, por capricho del agua, el frío y el viento aparece esculpida una figura similar a una luna fina, con los cuernos hacia arriba, le parece que tiene forma de cuna y le recrimina algo.

Vuelve con los suyos, camina ligera sin mirar atrás. Oye a la niña llorar cada vez más lejos, un dolor sin nombre circula por su sangre congelada. Le duelen las piernas y los brazos, aprieta el paso sin apartar los ojos del hielo ni de la punta de las botas de piel de foca vieja, las que le sirven de guía y apoyo para continuar andando. «Ellas ­-- se dice en voz alta--, son ellas las que me impiden volver sobre mis pasos para rescatar a mi niña». Es un buen calzado, se obliga a pensar para alejar remordimientos. Fue su abuela quien la enseñó a confeccionarlo, recuerda a la anciana cuando decidió que ya era suficientemente vieja y debía marchar al lugar sagrado, y ofrecer sus pobres carnes al oso; esa era su ley, esa era su tradición, porque aquel animal un día se convertiría en alimento y abrigo para su tribu.

Pisa con fuerza, necesita machacar la nieve, oírla crepitar para acallar el pesar que llevará siempre en la memoria. Alza los ojos al cielo, no es el baile del viento quien le enturbia el paisaje, sino las ranuras de sus gafas de marfil cristalizadas de lágrimas.

 

 

Sitges (Barcelona), 2010.

El aparcamiento del hotel de cinco estrellas de Sitges está ocupado por coches oficiales, guardaespaldas y agentes de seguridad trabajan para contener a los periodistas que han descubierto la reunión e intentan captar imágenes de las importantes personalidades que transitan el jardín y se dirigen hacia el interior del recinto. Camareros y camareras se apresuran, van y vienen entre carrerillas, algunos aventuran torpes reverencias. Las doce ilustres figuras se dirigen a una de las salas de reunión más elegante, lo hacen conversando en pequeños grupos por un pasillo de vidrios donde un Mediterráneo primaveral se presenta contenido en la raya azul marina trazada sobre el cielo.

En la sala, las mesas han sido engalanadas con faldones blancos y manteles granates, y las sillas con cojines de lazadas del mismo color; unas luces cenitales realzan tanta elegancia. En el centro de cada mesa alegra la vista un conjunto de orquídeas blancas, rosas rojas y hojas de naranjo, cuyo aroma vaga por el salón posado sobre el aire acondicionado. Sobre una mesa larga, cerca de la puerta por donde entra y sale el servicio, esperan langostas, vieiras, percebes y pequeños moluscos colocados artesanalmente en fuentes de tres pisos, de aspecto tan fresco que parecen haber saltado del mar a las bandejas y atravesado misteriosamente los cristales. Al otro lado del salón, a la derecha, en un rincón, frente a los ventanales, unos pececillos habitantes de la gran pecera miran fijos el paisaje de azules y verdes, añorados de su hogar, ajenos a la importante cuestión que en breve va a decidir aquel grupo de personalidades de la política, las finanzas y la realeza.

El hombre de cabello oscuro, traje gris plateado, con aspecto de recién ser sorprendido por la vejez, dirige el paso hacia la pequeña tarima que preside el centro del salón; se instala ante el atril. Con voz ceremoniosa y en inglés, da la bienvenida a las once ilustres personas allí reunidas, a continuación, les recuerda brevemente el asunto a tratar. Muestra el dosier con el título: «Operación inuit», e informa que antes de la votación está dispuesto a aclararles cualquier punto o duda. Pero el auditorio no vacila, todos llevan meses en contacto y conocen bien el importante documento. El silencio del público otorga al presidente del grupo la autoridad para sentenciar que la votación se llevará a cabo tras el ágape.

Los presentes asienten sin palabras, Aengus abandona el atril, baja solemne las escaleras del podio, se dirige hacia una de las mesas en la que tres comensales están a punto de degustar los manjares del mar que les han servido. Se sienta junto a Richard Klett, el cual eleva su copa de cava y le invita a un brindis, cruzan miradas satisfechas, mientras el resto disfruta del menú y comenta el buen clima del Mediterráneo catalán en el mes de mayo. Todo está saliendo según el plan previsto, las expectativas del voto son positivas. Tras beber de la copa, Aengus observa pensativo la piedra negra de su anillo, orienta el dedo en busca de la luz, quiere obligarlo a brillar, le satisface sobremanera ese destello, vuelve a saborear el cava y se sonríe al ritmo de la música de Händel, la que él mismo ha escogido para acompañar la comida.

Los asistentes han coincidido en la excelencia de la cocina española, incluidos los postres. Tras el café, y siguiendo el curso del acto, Aengus ordena a un camarero que recoja en una pequeña urna de cristal las papeletas de cada mesa, se la acerque al atril y después abandone la estancia. El director del evento cruza la mirada con una dama que está a punto de depositar su voto, esta le sonríe con aristocrático e imperceptible movimiento de cabeza para un testigo no atento, él le responde con la misma discreción; será el último en votar.

Aengus, antes de proceder al recuento, observa circunspecto a los invitados, introduce la mano, ceremonioso, en la urna y procede a leer la primera papeleta: «Sí». Richard sigue absorto el movimiento del anillo de su amigo en su viaje al interior del receptáculo, piensa que el tono de voz y los gestos de ese hombre tienen algo de encantamiento.

--Doce votos a favor, ninguno en contra. La primera fase de «Operación inuit» queda aprobada por unanimidad.

Con los aplausos del público, los pececillos se han asustado, algunos buscan refugio entre los recovecos de las plantas y rocas de la pecera, otros introducen las cabecitas en los ojos de buey del diminuto galeón español hundido, con ingenuidad de pez creen estar a salvo a pesar de que sus colitas se han quedado fuera, sin protección, expuestas al libre albedrío de los dioses.

El camarero encargado de recoger los votos en la urna, y obligado después a abandonar la sala, ha prestado especial atención a lo que allí se hablaba. Ha oído comentar a uno de los comensales que el dosier iba a estar a buen recaudo en la caja fuerte de la habitación de ese tal Aengus. Todo ello porque un periodista le ha ofrecido tres mil euros por cualquier información que pudiera conseguir sobre el grupo y él no iba a desechar ese estupendo complemento a su ajustado sueldo.

 

Por la noche, el camarero se reúne en un lugar seguro de la playa con el periodista de investigación Antonio Villegas. Los únicos testigos visibles son el mar, la luna y tres pacientes pescadores con la caña lanzada, en la lejanía. El servicial informador le transmite lo averiguado: «Hablaban de un proyecto llamado «Operación inuit».  El camarero le ha entregado una copia de la llave de la habitación y otra de la caja fuerte donde estaba guardado el expediente.

Antonio Villegas paga el precio acordado a su cooperante, el contacto ha cumplido y él ha acertado en sospechar que se estaba fraguando un asunto de envergadura. No va a dejar pasar esta noche, sabe que el grupo tiene pensado marcharse mañana mismo del hotel. El plan será entrar en la habitación de Aengus a la hora de la cena, mientras los guardaespaldas estén también en el restaurante, vigilando la seguridad de sus amos.

 

Al día siguiente, por la mañana, una noticia en la prensa escalofría el cuerpo del camarero, la ha visto al sesgo, sobre una mesita. Con un acto reflejo, vigila nervioso a su espalda, el techo, a ambos lados del cuerpo, pierde el equilibrio y le cae la bandeja con las tazas de café con leche al suelo. Acerca tembloroso el periódico a los ojos, no lleva las gafas de vista cansada, pero ello no le impide leer y reconocer en la foto a la persona que aparece en el titular:

«Antonio Villegas, periodista de «El Colosal» ha aparecido ahogado en la playa de Sitges, se investigan las extrañas causas de la muerte». 

 Portada de Operación Inuit una tapa.png

Desapegarse sin anestesia

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Comentarios realizados, en la Vanguardia 18 de abril del 2013, por Walter Riso, psicólogo:

1)     El apego es energía desperdiciada que estamos dedicando a un objeto o relación, que tarde o temprano no nos va a servir.

2)     El apego es un vínculo obsesivo con un objeto, idea o persona.

3)     El apego corrompe, es el principal motivo de sufrimiento y falta de libertad en la historia de la humanidad.

4)     La frase:"Te Necesito" es que esa a persona es imprescindible y que tú te conviertes en un vacío.

5)     Hay deseos peligrosos como el amor, internet o la belleza.

6)     Ser desapegado es ser subversivo del orden establecido.

7)     Desapegarse de algo o de alguien es asumir que el dolor será inevitable, la persona cambiará el sufrimiento inútil por el sufrimiento útil, que es el duelo y la pérdida asumida.



Respuesta de Susana Plandugal al sr. Walter Riso:

 

1)      Es verdad que el apego puede ser fuente de sufrimiento por ser éste un aspecto natural del mismo cariño, los dos van encadenados, uno sin el otro no existen. Sin el apego no existiría el amor hacia los hijos, hacia los amigos, hacia la pareja, hacia la profesión, hacia la patria... No es una energía perdida, sino una inversión energética del ser humano donde nos vemos, y adquiere sentido la vida como tal.

2)      El amor, de forma natural, provoca la adicción porque desde ella se aspira a la unión máxima con el ser amado, la expectativa es muy elevada: alcanzar esa felicidad que está fuera de nosotros, imposible conseguir de otra manera. 

3)      Alcanzado el amor, no sólo no corrompe sino que te enriqueces de aquellos aspectos de los que careces y te aporta el otro. Y la libertad, antes lúgubre y solitaria, adquiere connotaciones de compañía y apoyo. 

4)      "Te necesito" es una de las palabras más hermosas que pueda escuchar un ser humano. En tu interacción con el ser amado te conviertes en un lleno recíproco, a modo de vasos comunicantes, de creatividad, porque amplía la visión: cuando dos seres se aman nace una nueva dimensión, un mundo lleno de guiños, sonrisas, actuaciones y palabras cómplices, fruto de la comunión de ambos, que los fortalece ante el mundo.

5)      Lo peligroso es no amar y no haber sido amado. Lo peligroso es no salir de uno mismo por miedo a sufrir. Lo peligroso es odiar. Lo peligroso es el desapego. Lo peligroso es sentirse libre y no saber qué hacer con tu libertad.

6)      Ser subversivo con el orden establecido es no tener apego al dinero, no cobrar nuestro trabajo, subir en el metro sin pagar, bajar libros gratuitos de internet, realizar el trueque para sobrevivir, no comprar, inventarnos en cada necesidad que se nos presente. Lo subversivo para el orden establecido es la solidaridad humana, el amor al otro.

7)      En el amor se brinda la gran oportunidad de ver en nosotros mismos lo mejor que somos, es un testimonio de vida de nuestra existencia. No quiero ser una máquina que no quiere amar para no sufrir, acepto tranquila el pesar de la pérdida por todo lo vivido y recibido. Perder a alguien que amas es un dolor especial, íntimo, al que no apetece etiquetarlo con ningún diagnóstico médico; es pensar en él, en ella, a todas horas; es un sufrimiento plácido, un regodeo del pensamiento, una felicidad pasada que ha formado parte de mi, cambiado mi cuerpo, mi mente, mi vida; es una tristeza capaz de convertir el sufrimiento en poesía (estrategia humana para arrebatar el logos a la realidad); es sentir que al menos viví y hubo una época en que yo sí fui feliz, aunque  sin él, sin ella, la soledad sea más fría si cabe.

Suspender el juicio

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Parece que la postmodernidad está lejos de pertenecer a los periodos de crítica, la tendencia de nuestros contemporáneos a la perezosa y fácil concepción de la realidad, en lugar de analizar, refutar y cuestionar los diferentes modelos para someterlos a la criba de la razón, rechazar lo que no resiste, aceptar lo bueno y mejorar lo susceptible de mejora, reconoce una validez igual en todos ellos.

 

Esta epojé o suspensión del juicio lleva al individuo y a los pueblos a no pronunciarse sobre lo correcto e incorrecto, sobre lo justo e injusto, el bien y el mal, ya que para el relativismo no existe el bien objetivo, puesto que lo valores morales, la justicia y el derecho son convencionales. Esta corriente, a modo de los escépticos, conlleva, disfrazada de sabiduría y respeto, al inmovilismo.

 

Como el no querer clasificar ni ser clasificado es, en sí mismo, pertenecer a una clasificación. Renunciar al raciocinio es renunciar a nuestras dotes humanas, volver a la esclavitud vital de la naturaleza a modo animal. El hombre ha de ejercer su función de hombre: pensar, criticar, dialogar para avanzar hacia la perfecta felicidad. Y, qué es la felicidad: ser queridos, que nos quieran. Suspender el juicio es como morir, es la ausencia de pasiones, es la indiferencia, es la quietud, la imperturbabilidad y este modo de muerte no puede llevar al estado feliz.

 

 El bien sí existe, el mal sí existe y cuando se da hay que gritarlo para que el silencio no sea un mal aliado. El mal se identifica fácilmente: es cuando el OTRO debido a nuestras actuaciones sufre o puede tener perspectivas de sufrimiento, al contrario del bien.

 

Ninis

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Mi hijo tiene veinticinco años y se levanta cualquier día de la semana a la una del mediodía, al principio tenía largas discusiones con él sobre su futuro: "Si no encuentras trabajo, al menos estudia algo para el día de mañana", le decíamos tanto su padre como yo. Las continuas malas caras, los portazos y las contestaciones subidas de tono nos han hecho rendirnos, que sea lo que Dios quiera. Los fines de semana, tras extorsionarnos, se va de marcha, como él dice, y aparece por casa en la amanecida del domingo, el resto de noches navega por internet hasta las tantas.

 

Aún recuerdo cuando a los quince años me pidió que le comprara preservativos porque las chicas le iban detrás y tenía que cumplir con las demandas, para esto siempre ha sido muy hombre, y comparando generaciones, su padre y yo, nacidos en los sesenta, no tuvimos relaciones sexuales hasta los dieciocho años, comprando yo los anticonceptivos a escondidas. A los dieciséis años ya estábamos trabajando y estudiando a la vez, por eso hemos conseguido crear un hogar, pagar una hipoteca y vivir de nuestro trabajo.

 

A pesar de la crisis, la novia mantiene su empleo de cajera en el Mercadona, no sé cómo la aguantan porque más de un lunes no se ha presentado a trabajar aduciendo migrañas, por cierto, ocasionadas por los botellones de turno que se meten en las plazas de los pueblos.  Yo le digo a mi marido, cuando me encuentro alguna de sus bragas tiradas, que ahorremos sin que se enteren y nos fuguemos. De meter el dinero en el banco nada porque no me fío de esos buitres financieros ni del niño, que mira las cuentas por internet. "Esta generación no nos va a pagar las jubilaciones" le digo. Y no sé si serán manías mías, pero para mí que traman algo. "Mira que si nos asesinan para quedarse con el piso", "no mujer", me contesta mi marido, "lo que harán es juntarse y venir a vivir con nosotros", ¿quién si no les va a cocinar, limpiar, lavar la ropa y pagar los gastos de la casa?, mientras podamos hacer eso, estaremos a salvo.

 

 Si digo que no me preocupa el niño es mentira, ya decía el abuelo, mi padre, que hemos trabajado y sufrido tantas carencias que estos hijos han salido cansados, la vida que les ha tocado no les ha hecho exigencias de supervivencia, reconozco que son las malas hierbas del estado de bienestar. Sin embargo, ahora me he relajado un poco desde que puedo decir que mi hijo forma parte de un grupo aceptado socialmente, ya no me da tanta vergüenza que ni estudie ni trabaje, sonrío resignada y digo que el niño es un "Nini", pero, la verdad, no sé cuándo, cómo ni quién lo ha hecho.

La lógica y el mundo

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Según la lógica toda buena deducción tiene que venir lógicamente de las premisas, cuando la conclusión no se deriva de las premisas es que existe una contradicción y después de una contradicción puede venir cualquier cosa. Por ejemplo, alguien en una argumentación incurre en contradicciones previas antes de dar su sentencia final. El escuchante detectará las contradicciones e interpretará que la conclusión a la que ha llegado es una falacia, una pura invención que nada tiene que ver con lo argumentado.

 

Extrapolando la lógica al mundo el planteamiento puede ser el siguiente: si el mundo no es contradictorio es que todo está dado y si todo está dado, ¿dónde está mi libertad?

El otro planteamiento sería: si el mundo es contradictorio entonces puede darse cualquier cosa, llámese azar y con él mi libertad.

 

El mundo no es contradictorio ya que es un sistema de engranaje perfecto, son constantes matemáticas: la elíptica alrededor del sol, el movimiento de la Luna, el giro de la Tierra sobre sí misma y quién sabe qué otras ecuaciones galácticas desconocidas. Todo lo existente en el planeta está supeditado a estas constantes, la temperatura, las lluvias, los vientos, la gravedad, nosotros mismos, por lo tanto, ¿dónde está el azar?, ¿no será éste sino chispas del perfecto mecanismo que lo precede?, ¿no llamaremos azar a lo desconocido? Alguien podría decir que la caída de un meteorito es azar, pero, ¿por qué un meteorito no podría estar formando parte de un sistema y su caída es también una consecuencia lógica, como lo son los espermatozoides en busca del óvulo?

 

Por lo tanto si el mundo no es contradictorio yo no tengo libertad por que todo está dado desde mi nacimiento hasta mi muerte, hasta el famoso libre albedrío forma parte de un sistema cultural, un software que se me ha inculcado y que viene de antaño perfilado siglo tras siglo por la adaptación al medio natural, y al poder de otros hombres.

Aflige sobremanera a la condición humana descubrir de pronto nuestra esclavitud.

 

/\x (Mx→ ¬L)

 

Si para todo x el mundo no es contradictorio entonces no hay libertad

 

M (mundo no contradictorio)

L (libertad)

 

 

Es de mal vendedor criticar, abiertamente (otra cosa sería estudiarlo), la supuesta debilidad del competidor para vender el producto propio. Conlleva esta acción la sospecha de que el acusador opta por esconder las imperfecciones internas y su carencia de imaginación, arremetiendo contra otros. Es de buen vendedor analizar el problema, las necesidades y áreas de actuación y mostrar soluciones.

 

Pero, España no es un competidor, ¿verdad señor Sakorzy?, sino un miembro de la comunidad europea igual que Francia o sea que estamos hermanados. Ni por un momento pienso en que nuestra tierra, mejor situada en el mapa, tiene más sol, y como diría un castizo y con perdón: "Con una semilla y un escupitajo nace una sandía", tampoco digo que el mejor aceite del mundo sea el español y que su país y otros miembros hacen lo que pueden para bloquear el libre comercio hacia Suiza y demás, que por cierto utilizan aceite de coche en unas ensaladas confeccionadas con ciertas hierbas de la carretera. Ni que hablar de los vinos, de los cítricos, de los camiones que llegan a sus fronteras y que de vez en cuando se ve que pasan frío porque les da por incendiarlos. Tampoco hablo de la impotencia, convertida en burla, hacia nuestros deportistas de éxito, acusándolos injustamente de dopaje. 

 

Ya no pudo con nosotros en el siglo XVIII quien ya sabe y al que parece querer emular. Él como usted se han olvidado del carácter español, un potencial en sí mismo, aparentemente fraccionado, hospitalario con los turistas, condescendientes (hasta hoy mismo) con el uso de nuestra sanidad por parte de extranjeros, pues bien, ese carácter solidario (mayor número de donaciones de órganos del mundo), somos una pieza compacta cuando nos agreden desde el exterior personajillos vario pintos que hacen subir nuestra prima de riesgo con su boquita pinturera.

 

 Quiere ello decir que vamos a protestar ante las palabrerías que intentan reducir, en un momento crítico como éste, el buen nombre de nuestro país. Recuerde que España ha alcanzado al resto de países europeos a pesar de haber estado maniatados cuarenta años. Y los de abajo, no sólo existimos sino que exigimos, sin complejos, nuestro lugar en Europa, en el mundo.

Quiero ello decir, señor Sarkozy, que la próxima vez que quiera mentarnos, lo haga con respeto hacia una gente que empieza a estar hasta las enaguas (aquellas que pertenecieron a las mujeres que se hacían tirabuzones con las bombas de los fanfarrones), de ser menospreciados.

Nuestros viejos

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Camina solo, lento, apoyado en un bastón que siempre se había negado a llevar. Le falla la cadera izquierda y no es cuestión de desgastar más de la cuenta el hueso; quiere ver crecer a su nieta pequeña. Hace esfuerzos por entender esa nueva aparatología que secuestra a los jóvenes en sus casas y les hace hablar solos. El nieto mayor le dice que tiene muchos amigos, pero a él no se lo parece porque sólo le ha enseñado fotos de personas que dice que le hablan.

 

 Ya nadie le consulta nada, como si sus consejos fueran los de un perdedor que ha llevado una vida errónea. Le gustaría contar a su familia cuándo plantar tomates, o si va a llover, o que pasó en el pueblo en la postguerra, o cuál es su opinión en alguna cuestión de actualidad, y es que se ve que lo preguntan en internet. Él tiene todavía vida, aunque hace años que está viudo, le gusta una señora que toma el sol todos los días en la puerta de la residencia y habla con ella de otros tiempos cuando los abuelos eran importantes en la familia. Hasta le propondría matrimonio si no fuera porque, con la crisis, su hijo ha perdido el piso y se ha venido a vivir a su casa y ahora ya no hay sitio. Además tiene la obligación de ir a buscar a la nieta al colegio ya que su nuera también trabaja.

 

Cuando murió su abuelo se dio cuenta de que no sólo moría  una persona a la que amaba sino que desaparecía para siempre una persona que lo amaba a él. Con el abuelo murió una parte de él mismo: alguien que lo conocía y lo arraigaba en el mundo; alguien que le servía de referencia para comportarse; alguien que le hizo de eslabón entre pasado y presente; alguien con quien podía contar y en quien se reflejaba.

 Pero cuando muera él tiene el presentimiento de que lo que desaparecerá será una carga para su hijo, un viejo menos. Sin saber muy bien en qué momento cambiaron las cosas y por qué.


Tengo que usar los codos como bastones,

alzar los omóplatos hacia el cuello.

Se me cansan las piernas;

pero mi espíritu se niega a envejecer.


(Metáfora de los Inuits)





Que paguen las telefónicas

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Cuando uno reflexiona sobre dónde va a parar su dinero, se da cuenta de que las telefonías se llevan una buena parte de su bolsillo. Cada vez son más los usuarios conectados a internet, amén de los teléfonos móviles que poseen cada uno de los miembros de la familia, obviando al perro.
Por ello quería dar una idea a quien corresponda y les pido a los lectores que tengan a bien difundirla, es la siguiente: ya que estas empresas son las que obtienen beneficios gracias a los usuarios, que sean ellas quienes paguen los derechos de autor con un tanto por ciento del beneficio que obtienen y dejen en paz a los internautas.

Internet es el campo abierto de las relaciones humanas, de las noticias, de la cultura, es compartir, solidaridad, el gran vehículo de difusión cultural desde finales del s XX y como es bien sabido al campo es imposible y además no se le debe poner puertas. Compartir música, libros, no debería ser ningún delito si los creadores-autores tuvieran subsanado su beneficio, el cual deberían reclamarlo no a quien se lo baja de la red, sino a quien se la proporciona y ya ha cobrado por ello, por cierto, estas empresas se mantienen en un discreto silencio ante las protestas suscitadas por los derechos de autor, parecen que temen ser salpicados con ideas como la que aquí se expone. Y quien dice empresas telefónicas, dice también cualquier empresa publicitaria o de distinta índole que obtenga beneficios con la conexión de usuarios, incluido Google.

La cultura: accesible; que pague quien gana dinero con ello, el internauta ya lo ha pagado con su cuota de veinte euros al mes que multiplicado por millones de hogares es como dirían en Badalona, "mucha pasta"
 


Para Dios

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Hola, Dios:

 

Ha sido la Razón la que te ha desechado, no mi debilidad ni el miedo, que siguen siendo tuyos. Ella, la Razón, es la culpable de que ya no observe el mundo desde tu ojo, de que lance la mirada dentro, contra mí misma. Sin tu atalaya los caminos crecen en las ramas y mi tener que elegir se bifurca hacia la ambigüedad infinita del caos humano. Y veo, más que nunca, fundirse en el horizonte el bien y el mal, el sufrimiento y el placer, mientras los mares señorean verdes relativos donde flotamos desorientados náufragos.

 

Pero la Razón ha encontrado la manera de discernir la bondad de la maldad sin ayuda del cielo, el marco de referencia es el que está fuera de mí; ése que como yo existe porque me mira y nos miramos, y es su mirada la que certifica mi existencia como un espejo que me remite a mí misma y me recuerda quien soy. Será a él a quien deba mis juicios y al que respete sin que intervengas.

 

 Dios, el Universo no es más que una confluencia de átomos de combinaciones químicas, tu recompensa del cielo se ha esfumado junto a la amenaza del infierno, y aunque se te olvidó que el fin del hombre es la felicidad, no el temor, quizás ahora, solos, frente a nuestra Razón, esta sublimación del imaginario público que eres tú, un día la echemos de menos.