Cuando uno reflexiona sobre dónde va a parar su dinero, se da cuenta de que las telefonías se llevan una buena parte de su bolsillo. Cada vez son más los usuarios conectados a internet, amén de los teléfonos móviles que poseen cada uno de los miembros de la familia, obviando al perro.
Por ello quería dar una idea a quien corresponda y les pido a los lectores que tengan a bien difundirla, es la siguiente: ya que estas empresas son las que obtienen beneficios gracias a los usuarios, que sean ellas quienes paguen los derechos de autor con un tanto por ciento del beneficio que obtienen y dejen en paz a los internautas.

Internet es el campo abierto de las relaciones humanas, de las noticias, de la cultura, es compartir, solidaridad, el gran vehículo de difusión cultural desde finales del s XX y como es bien sabido al campo es imposible y además no se le debe poner puertas. Compartir música, libros, no debería ser ningún delito si los creadores-autores tuvieran subsanado su beneficio, el cual deberían reclamarlo no a quien se lo baja de la red, sino a quien se la proporciona y ya ha cobrado por ello, por cierto, estas empresas se mantienen en un discreto silencio ante las protestas suscitadas por los derechos de autor, parecen que temen ser salpicados con ideas como la que aquí se expone.

La cultura: accesible; que pague quien gana dinero con ello, el internauta ya lo ha pagado con su cuota de veinte euros al mes que multiplicado por millones de hogares es como dirían en Badalona, "mucha pasta"
 


I

El cliente, salvaje, empujaba mi cabeza de títere contra su bragueta. Entre vaivenes podía ver empañarse los cristales del coche, estaba siendo forzada a seguir el ritmo de la música que sonaba en el CD-ROM: I Just can't help believing. «Un: así puta, así, así...» acompañaba al estribillo de la canción de Elvis Presley.

Ya desahogado, como impactado por una lucidez divina, el sujeto pareció tomar conciencia de repente de que estaba en la cuneta de una autovía y cualquiera podría reconocerlo aparcado en un lugar tan sospechoso. Me empujó fuera del coche sin otra despedida que el de drogadicta asquerosa, y un estridente derrape de ruedas que incrustó de piedrecillas mi cara y mis ojos. Llegué a tumbos hasta un pino del pequeño descampado porque además de no ver, creí que iba a desmayarme. Vomité la rabia que me daba tener las venas sucias de sustancias que me anulaban.

He querido empezar por ahí por ser ese mi último cliente y el principio del fin de una pesadilla, visto con la perspectiva de un año hay momentos en que parece incluso no corresponderme. Todavía deambulan sombras por mi memoria que me impiden dormir y dejar de mirar hacia atrás. A pesar de todo, cuando se debilite la confianza en la vida, quizá me ayude a comprender las extrañas razones y vericuetos de las que se sirve el azar para cumplir su cometido.

A Judith Herrera, ésta ecuatoriana, aquella noche le cambió la vida. Todo el terrorífico mes vivido hasta ese momento pasó a formar parte de una experiencia difícil de asimilar. Si lo único importante era sobrevivir, hacer de puta y estar drogada día y noche era un mal menor ante los peligros que me acechaban.

En el grupo de chicas donde me encontraba, yo era de las de más edad, mis veintitrés años casi parecían demasiados para las pretensiones de los delincuentes que nos retenían. Me hacían compañía cuatro compañeras ecuatorianas, tres cubanas, cinco de los países del Este y dos españolas. El cebo para ser traída a España por esa red de traficantes de mujeres, era la promesa de un trabajo honrado y un permiso de residencia; pero una vez llegada al destino, me encontré retenida indefinidamente con una deuda difícil de pagar y amenazada de muerte. Supe que las demás fueron engañadas de la misma manera, excepto las dos chicas españolas que las captaron a través de la droga. Había camellos que se encargaban de informar a la mafia sobre jovencitas de buen aspecto, muchachas sin hogar que no podían pagarse su adicción.

Recuerdo el caso de una compañera que no regresó a dormir. Madrugada, tras madrugada, la cama vacía me recordaba que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una desgracia mayor, tenía más fuerza para borrarla de la memoria que el natural transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes, destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio partido, dejaban pocas dudas sobre a que menesteres había sido sometida. Sin embargo, a pesar de tan solo sus diecisiete años y del aspecto de niña delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja. Desde esa noche la niña frágil se ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar por el silencio igual al que se produce ante las catástrofes que llenó la habitación.

No tener a nadie que me esperara, que pudieran hacer daño o extorsionar, excepto a mi propia persona, era el mejor acicate para un día intentar huir. Esa palabra machacaba mis pensamientos: huir, huir... Si algo tenía claro a corto plazo, era pasar desapercibida y fingir colaboración con los proxenetas como estrategia y salvoconducto para seguir viva.

El protocolo de llegada a la prisión se dividía en dos partes: la primera, doblegar la mente, seguida irremediablemente por el cuerpo... En la habitación donde me alojaron no había ventanas, las camas estaban distribuidas en literas igual que en un cuartel militar. El terror, las vejaciones y los pinchazos de heroína las veinticuatro horas del día, se sucedían hasta conseguir anular la voluntad. Siempre vi a tres secuestradores, en realidad nunca supe de cuantos delincuentes se componía la totalidad de la banda. A veces dejaban la puerta entreabierta de la habitación y los veía jugar a las cartas en la sala contigua. Excepto al gordo caribeño, a los otros dos uno muy moreno y otro de blanco extremo les gustaba pasear por los pasillos de literas, para elegir a dos de nosotras al azar. Nunca me atrevía a mirarlos, con la falsa esperanza de que si no miraba no propiciaba ser elegida.

Y eso fue, una falsa esperanza, porque cerrar los ojos no me salvo de nada, aquella noche me tocó a mí. Arrastras me sacaron de la cama sujeta por el pelo. María, la otra chica que iba a compartir suerte, tropezó con mis piernas al caer de la litera de arriba. La cubana, en el suelo, empezó a sacar espuma por la boca y a tener convulsiones en brazos, piernas y cabeza, el chulo blanco crudo de aspecto nazi que la había empujado, la levantó y la aplastó contra las camas con expresión de asco.

--¡Estás podrida maldita! --lo dijo con un español torpe.

Con gestos violentos eligió a la más cercana, fue el brazo de Sara el que atrapó y arrastró hacia la otra habitación. Los valientes insultos que le profería la nueva víctima me hicieron sufrir, porque sabía que sólo iban a servir para aumentar la ferocidad del nazi.

En aquel instante pensé que nunca podría olvidar la cara del sujeto abalanzado sobre mí, ni la repugnancia que su asquerosa piel y aliento me producían. Sin embargo, la memoria ahora me imposibilita describirlo y sólo queda el recuerdo de una sombra picada de viruela. La ausente mirada de Sara desde la cama de al lado, me enseñó que había que evadirse rápido del cuerpo martirizado, a pesar de que la sabandija que tenía encima, había atado una cuerda a mi cuello y tiraba de ella cada vez que me embestía.

Oí gritar al nazi sobre el cuerpo de mi compañera de suplicio.

--¡Toma! ¡Toma! esto para que te vayas acostumbrando.

Desde la cama, con la cabeza colgada, veía boca abajo al gordo caribeño. Sonreía baboso el trabajo que hacían sus compañeros, mientras derramaba con tino de ebrio una botella de coñac sobre el filo de un vaso.

Simulé obediencia, con ello evité algunas palizas y más abusos privados. Me llevaron a un club nocturno donde me obligaban a trabajar hasta el amanecer, pero al menos logré que disminuyera la dosis de heroína; aunque siempre pensé que era para disimular ante los clientes que las chicas no estuviéramos demasiados drogadas. Sus razones daban igual si yo me encontraba con mejor estado de conciencia.

La siguiente recompensa a mi colaboración, era disfrutar del aire libre. Me trasladaron a una zona concreta de una autovía, donde supongo que las distintas mafias negociaban sus territorios, porque veía a mujeres que no eran de mi grupo. Mi horario, como el de todas, era desde las doce de la mañana hasta las tres del mediodía y después de comer hasta las doce de la noche, a partir de esa hora seguía hasta las cuatro de la madrugada en los clubes. La mierda metida en las venas y sus aterradoras amenazas, eran consideradas como suficientes perros guardianes para custodiarme sin problemas bajo el cielo abierto. La droga empezaba a parecerme la única ayuda que permitía soportar lo que estaba viviendo.

Pero aquella noche en el descampado de la autovía, tras la vomitera, con el aire fresco del mes de octubre, algo me insufló fuerzas para acariciar la posibilidad de escapar. Lo sentía por Sara, los proxenetas habían descubierto nuestro afecto y a falta de otros familiares a los que dirigir sus amenazas para coaccionarme, Sara, según ellos, sería quien pagaría las consecuencias.

Los faros de los coches descubrían a rachas mi minifalda de charol blanco y las botas del mismo color. Mis piernas morenas y el suéter negro debían verse desde la perspectiva de los conductores, invisibles. No era difícil imaginar la visión espectral de las dos prendas caminando solas por la cuneta. Me encontraba en la autovía de Barcelona a Vic: dos pistas de asfalto persiguiendo en su recorrido los inicios del parque natural del Montseny, una zona montañosa plagada de bosques, a tan solo cuarenta kilómetros de Barcelona. Cuando mi último cliente marchó, eran las doce menos cinco de la noche, la furgoneta que debía recogerme a mí y al resto de las chicas esparcidas por la autovía para llevarnos a los locales de alterne, estaba a punto de llegar.

La noche y mis ojos parecíamos conformes con la luz de aquella luna mordida. En el valle, los pequeños pueblos apiñados punteaban de luces el horizonte. Soplos del incipiente otoño se empeñaban en envolverme con revoltijos de hojas secas, imaginaba en ese baile de crujidos murmullos de libertad. Durante unos segundos dudé que el aglomerado de chicle en el que se habían convertido mis músculos y tendones, respondiera bien a una emergencia.

De repente, entre la catarata de faros que fluía por la carretera, vi parpadear el intermitente de la furgoneta. En ese instante alguna fuerza maligna clavó mis tacones en la tierra. El vehículo detenido frente a mí, abría sus puertas. La luz interior iluminaba las caras de mis compañeras, algunas, somnolientas, apoyaban sus cabezas mal sostenidas en los vidrios de las ventanas. Sara, con los párpados a medio cerrar estampaba en el cristal una ventosa con sus labios, desde fuera me pareció la molleja enroscada de un enorme caracol rojo. La voz del conductor, el gordo caribeño, resonó distorsionada en mis oídos:

--¿A qué esperas? ya tú sabes zorra. ¿O, tendré que bajar a buscarla?

Mi cerebro huía a toda velocidad con el revoltijo de hojas que me había envuelto hacía un rato, sobrevolaba el bosque, los campos, las montañas...pero mi cuerpo no respondía a ningún impulso. Me apagaba y encendía a ritmo del intermitente, la luz amarilla alumbraba mi ombligo y se colaba por el corto margen del suéter. La paciencia del individuo se acababa. Escuché el rasgueo del freno de mano. El gordo bajaba a por mí. Por fin, me vi llevada por el movimiento descoordinado de mis piernas y brazos mientras miraba hacia atrás enajenada, perseguida por un depredador. No vi las zarzas, ni la maleza, fui engullida por el amasijo de vegetación negra del bosque.

Al fin, mi abuela, hubiera reconocido a su nieta Judith como una Herrera. Hasta su muerte, hacía solo tres meses, había sido mi única familia. Regresé con ella cuando mis padres murieron en un incendio; aunque nací en Ecuador pasé toda mi infancia en España, en Castillazuelo un pueblecito de Huesca, adonde papá cuando yo tenía solo unos meses decidió emigrar, y donde me eduqué y viví hasta los catorce años. Al desaparecer ellos, y ser menor de edad, fui devuelta a mi país a cargo de la abuela.

La abuela Aquilina aminoró la desgracia de haber perdido a mis padres, fue ella no la universidad quien se encargó de formarme para la vida. Y sobre todo de inculcarme, durante la adolescencia, el deber ancestral que tenía nuestro apellido.

Además del genio, compartíamos los ojos y el pelo de india Topachi. De boca en boca, de padres a hijos, contaban la valentía y resistencia de hierro de nuestra estirpe. A pesar de pertenecer a una familia de pocos recursos económicos, éramos toda una institución en el pueblo. Uno de nuestros antepasados salvó al poblado de morir arrasado por las lluvias, a través del tiempo, la historia se magnificó tanto que no se supo bien si realmente salvó a una persona, a dos familias, o a toda la aldea. Las restantes historias sobre descendientes, quizás más obligados por el peso de la tradición que por dones naturales, también estuvieron involucradas en salvamentos heroicos. Por eso la abuela, siempre, al anunciarse como señora de Herrera, apostillaba con urgencia que ese apellido nada tenía que ver con la profesión de herrero, sino con la fortaleza del hierro. Aunque con el crecimiento tuve la certeza de que el significado etimológico del nombre venía más de un ascendiente español con esa profesión, que de cualquier otro atributo. No fui yo quien sacó a la abuela de esa aureola de sobriedad en la que le gustaba envolverse.

Me convenció de que había que preparar el futuro y tuve todo su apoyo cuando decidí estudiar medicina. Le prometí que volvería a España cuando ella muriera. Decía que un lugar como Ecuador donde la miseria era tan natural como los sobornados políticos, no tendría nunca futuro. La abuela trabajaba desde el amanecer hasta que se iba la luz en las plantaciones de bananos, por las tardes bordaba ropa para tener mayores ingresos y terminar de criarme, siempre le persiguió la inquietud de tener muchos años y poco tiempo para velar por su nieta. Cuando murió me dejó un medallón turquesa, recuerdo de la familia, que siempre me acompaña. Pensé que daba igual el país donde me encontrara porque ya sabía lo que era sentirse sola en este mundo, por entonces, acepté la oferta de una agencia que pedían chicas para trabajar en el servicio doméstico en España.

La noche de mi huída cualquier chasquido del bosque era analizado en defensa propia. El gordo caribeño no había conseguido atraparme, le supuse ahogado en su propio sebo. Caminé durante dos horas por sendas corta fuegos, entre montañas. Los ojos me escocían, mis pies se llagaron, ya no pude más ante un llano donde alguien guardaba aparejos de campo, había un tractor y los restos de un coche abandonado que me parecieron casi un hogar. No hice caso del perro que ladraba a lo lejos, ni siquiera me planteé en ese momento si en el lado del conductor había muerto alguien, a juzgar por el espachurramiento de chatarra del asiento. Mi estatura menuda permitió acomodarme sin esfuerzos en la parte trasera, fuera, la humedad de la noche se pegaba a los pocos cristales que quedaban en las ventanillas. Al principio no quité ojo a las esperpénticas sombras proyectadas por el arado y el tractor, pero el cielo distrajo mis angustias porque nunca había contemplado un espectáculo igual: la bóveda celeste arqueaba los luceros, e interpreté, más sosegada, con los párpados del todo abatidos, que aquel galimatías de estrellas era mi primer regalo de libertad.

 

 

Antes que la luz de la mañana me despertó un temblor con latigazos: la sangre rememoraba a la heroína. El síndrome de abstinencia me provocó sudoraciones, ansiedad, taquicardias... Intenté respirar profundamente para controlar el acelerón. Un pañuelo de papel sirvió para limpiarme las botas y la falda de charol de los azotes de la hierba, tenía los brazos y las piernas llenos de garabatos de sangre coagulada por los arañazos que me habían hecho las zarzas. Al menos era consciente de que retornaba a mi cuerpo y a sus sensaciones, aunque fueran malas, porque tenía hambre, frío y rugía en mi cabeza una manada de elefantes; pero era libre y en aquel momento sólo debía escoger bien unos de los caminos que tenía delante de mí, rogué al destino que fuera el menos malo y comencé a caminar por el que estaba asfaltado.

Las verrugas verdosas, peludas, de las montañas del Montseny ondulaban el paisaje con gibas de arboledas. Desde la perspectiva de la pequeña carretera que ascendía la autovía se había convertido en una fina, ronca y tortuosa lombriz. Recordé, supongo inspirada en la soledad del paisaje y sin dejar de mirar hacia atrás, a otra de las chicas desaparecida. Supimos que había pedido ayuda a un cliente del club para escapar. Dos días después oímos decir, en la barra, a uno de los camareros, que el fulano había tenido un accidente mortal con el coche, de ella no supimos nunca nada más. Volví a pensar en Sara, le pedí perdón y recé porque no le hubieran hecho daño.

El asfalto de la carretera terminaba delante de una cadena oxidada donde se columpiaba, entre chirridos, un cartel de prohibido el paso en mal estado. La falta de otras expectativas hizo que la saltara sin pensarlo dos veces. El camino privado era un cauce de chinas apuntalado en sus bordes por discontinuos cipreses gigantes. Los árboles parecían suplir la labor de una hilera de lacayos que señalaban el camino al visitante. Anduve sin levantar la cabeza del suelo para no resbalar con la gravilla, al terminar de girar una curva encontré de pronto, rayada por las rejas negras de una verja, una mansión que tenía formas de castillo.

Era la primera vez que veía algo así. Ajenos a la natural fragilidad del entorno se alzaban tres torreones magnánimos, coronados con almenas y ventanales de cristales de colores, al más alto, el que se encontraba en medio, le calculé unos veinte metros de altura. Empujé con esfuerzo la cancela de hierro que la hiedra maniataba. Al otro lado un jardín tapizado de hojas caídas color ocre, se extendía bajo mis pies. Bajo la hojarasca, entre pequeños claros, aparecía un estrecho camino de piedras en forma de "Y" que llevaba hacia la casa.

Los árboles centenarios, tan majestuosos como la vivienda que guardaban, delimitaban de forma natural ambos lados de la parcela. A la izquierda, a medio camino antes de llegar a la entrada, descubrí entre las hojas la punta del ala de un angelito de bronce que levitaba sobre la estructura de una fuente atrebolada. A los pocos metros empecé a distinguir los barrotes acristalados de una puerta en forma de arco, parecida a las que se colocan en las iglesias. Entre las volutas doradas de la estructura, pude diferenciar una figura tenebrosa que manipulaba desde el interior la cerradura. Una señora vestida de negro abría la puerta entre un gruñido de goznes, tras ella el perfil de una chimenea de piedra, ante ella, yo, exhausta, dispuesta a pedir ayuda; pero no hizo falta que abriera la boca, ni siquiera de emitir el balbuceo que seguro me hubiera salido en ese momento, porque recibí una orden inmediata:

--Pase --obedecí disimulando mi contrariedad y agradecí a la providencia no tener que dar explicaciones. --Llega quince minutos tarde. Sígame

Sus rasgos eran finos, de nariz pequeña y labios armónicos, sin embargo, todo en ella aparecía estirado, actitud, figura y voz revestían tal severidad, que contagiaba la rectitud de sus formas. Erguí todas las vértebras que pude para no desentonar con el decoro de su sombra.

Ahora, un otoño más tarde, me doy cuenta de la docena de abrigos bajo los que oculta el ser humano lo mejor que tiene. Quizá mientras más frágil es nuestra materia interna, más gruesas deben ser las capas y más altos los muros que la defiendan.

Caminé tras ella, ansiosa por saber que esperaba de mí. Su cintura estrecha distraía sobre el cálculo de su edad. Llevaba el pelo recogido en un moño color chocolate. Me atreví a aventurarla no más de cincuenta benevolentes años, confirmé la consistencia de las paredes de aquella casa para que la vejez no la hubiera descubierto todavía.

Sus pasos y los míos crujían los escalones de madera. Atravesamos interminables salas y un sorprendente invernadero interior lleno de helechos, que daba a lo que sería mi habitación. Sobre la cama, un uniforme azul claro de sirvienta reposaba coqueto, asistido en la pose por un fantasma plano.

--Tienes treinta minutos para cambiarte y bajar al salón.

Mi segunda preocupación después de la ducha, era saber si iba a ser capaz de encontrar el camino de regreso al salón.


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Para Dios

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Hola, Dios:

 

Ha sido la Razón la que te ha desechado, no mi debilidad ni el miedo, que siguen siendo tuyos. Ella, la Razón, es la culpable de que ya no observe el mundo desde tu ojo, de que lance la mirada dentro, contra mí misma. Sin tu atalaya los caminos crecen en las ramas y mi tener que elegir se bifurca hacia la ambigüedad infinita del caos humano. Y veo, más que nunca, fundirse en el horizonte el bien y el mal, el sufrimiento y el placer, mientras los mares señorean verdes relativos donde flotamos desorientados náufragos.

 

Pero la Razón ha encontrado la manera de discernir la bondad de la maldad sin ayuda del cielo, el marco de referencia es el que está fuera de mí; ése que como yo existe porque me mira y nos miramos, y es su mirada la que certifica mi existencia como un espejo que me remite a mí misma y me recuerda quien soy. Será a él a quien deba mis juicios y al que respete sin que intervengas.

 

 Dios, el Universo no es más que una confluencia de átomos de combinaciones químicas, tu recompensa del cielo se ha esfumado junto a la amenaza del infierno, y aunque se te olvidó que el fin del hombre es la felicidad, no el temor, quizás ahora, solos, frente a nuestra Razón, esta sublimación del imaginario público que eres tú, un día la echemos de menos.

Si a usted le preguntaran ¿cómo le gustaría que lo vieran los demás: bueno o elegante?, (sólo puede elegirse un calificativo). Quizás algunos dirían elegantes, otros, bueno; otros no sabrían qué responder.

 

En primer lugar me dirigiré a los que desean la elegancia antes que la bondad: ser elegante produce en los otros, en un primer instante, admiración, en último quizás envidia. El individuo que persigue la elegancia y lo consigue se convierte en un icono, observable en sus ropajes y vehículos de prestigiosas marcas que hacen de la elegancia una compra-venta. Recompensa: así admirado, es erguirse como superior ante los demás. La sensación de estar instalado por encima de las cabezas del resto de sus congéneres, haber conquistado, por fin, su secreta porción de poder. Pero, ¿habrá conseguido ser apreciado por lo que es en realidad, un ser humano? Perseguir sólo la elegancia es un atributo que no aporta ninguna mejora al grupo, sino a sí mismo.

 

Veamos ahora qué se consigue con la bondad: ser bueno es un desequilibrio entre el egoísmo y la generosidad, con inclinación hacia ésta última. Es empatía, tener como marco de actuación al otro y como límite su sufrimiento. Esto produce en los ajenos, en primera instancia: devolución de la empatía, en última, nada más y nada menos que amor.

El brillo de la bondad es opaco en tiempos en que triunfa lo superficial, hasta el punto de identificarse ser bueno con ser tonto.  El reino del egoísmo se repliega sobre sí mismo y nos lleva, irremediable, al lugar de las soledades no elegidas.

 

 Para los que todavía están indecisos en elegir entre ser elegante o bueno, sólo apuntar que interferir en el conjunto humano con buen talante es salir de él lleno de recompensas.

 

 

Mancha de petróleo

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Mancha de petróleo

 

Se desplaza amorfa, dúctil, oscura,

clara a veces, según los espacios esgrimidos.

Su itinerario impredecible

atenaza los cantos picudos de luna

sin dejar que crezca redonda.

 

La masa, ingrávida de azules,

lame tornados de pájaros en almíbar negro,

le gusta adherir a su volumen algo libre.

El voraz seudópodo de petróleo avanza

con andares de mancha vaga,

a veces como serpiente que engulle,

otras como pantano de muerte.

 

La tizne, tinte de hombre,

separa la linde entre agua y cielo,

tiñe a dioses pequeños, a gaviotas,

 las esperanzas.

Japón nuclear

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Cuando ya creemos tener dominada a la naturaleza; cuando los satélites que hemos construido navegan el espacio como cualquier material estelar; cuando nos hemos asomado y manipulado el átomo..., de repente, ocurre. La tierra se remueve quejosa, parece querer desprenderse de los implantes que le hemos colocado encima, con un golpe de genio, demostrando su supremacía, su poder indiscutible sobre quien la habita: unos seres pequeños, insignificantes que son aniquilados, ellos y sus obras, con tan sólo un estremecimiento.  

 

Nosotros, estos seres irrespetuosos que jugamos a ser dioses sin serlo, intentamos fabricar centrales nucleares a modo de soles para alumbrar las noches de televisores y resto de electrodomésticos convertidos ya en artefactos de alta categoría vital. Ignorando los plácidos rayos de sol que nos llegan regalados, actuamos sin respeto, desagradecidos, cada vez más alejados del engranaje y quehacer de la Naturaleza. Construimos monstruos que, cómplices con el azar, se nos revelan como hacemos nosotros con el planeta que nos acoge.

 

Y, tras el coletazo, una ola gigante nos devuelve al sitio, a la menudencia, a la subordinación de su magnanimidad. Y nos quedamos llenos de impotencia ante tal poder, resignados a nuestra débil forma humana y a las consecuencias que hemos originado y de las que nadie nos puede salvar, sino nosotros mismos.

Prohibido fumar

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El gobierno español ha prohibido fumar en recintos públicos (lo anuncio para internautas extranjeros) y las causas de ello, a mi parecer, son variadas. Bien, es un gobierno seudo socialista, quiere esto decir inmerso en un sistema capitalista con un querer hacer de izquierdas que genera poca confianza en los inversores y desesperanza en los trabajadores, algo así como una dicotomía sin resolver o como ni chicha ni limoná. El caso es que la ministra de sanidad, señora Pajín (una mujer treinta añera y por lo tanto demasiado joven para estar en política, ya lo dijo Aristóteles: no deben los jóvenes desarrollar su experiencia en la política sino que deben ser los expertos o sabios quienes vuelquen la suya en esa práctica), ha decidido que es ahora el momento para tal prohibición. Y la sospecha de la razón nos dice que es, nunca mejor dicho, una cortina de humo para despistar sobre la poca eficiencia gubernamental, decidida tras mirar los números rojos que ocasiona la Seguridad Social y que al parecer provoca el tabaco, debe estar a punto de desequilibrarse el Debe y el Haber de su monopolio, vamos que no les salen las cuentas. 

 

Ahora bien, no se ha de olvidar el malestar y perjuicio que ocasiona a los no fumadores estar respirando una sustancia que uno no ha decidido por propia voluntad inhalar (otra cosa es la contaminación, más fuera del alcance de la decisión individual). Es en ese punto que se ocasiona el daño, es decir cuando con nuestra actividad perjudicamos de forma evitable a otras personas. Ha habido empresarios de la hostelería que se han negado a aplicar la nueva norma, alegando que en su casa (restaurante o negocio) mandan ellos. Y hay en ese comentario un error de fondo: la casa de uno deja de ser su "casa" cuando a través de ella se gana dinero con los demás, es donde empieza el derecho del otro. También es cierto que con la nueva normativa les ha disminuido el beneficio y perjudicado la economía, a mi parecer es un momento de transición que se regulará paulatinamente, ya que si en todos los recintos públicos está prohibido fumar, el fumador se acabará acostumbrando.

 

O sea que la polémica está servida: la estrategia es dividir a la sociedad, dispersar la atención sobre malas gestiones económicas del gobierno, su ineficacia, y de fondo el convencimiento de que no les importa nuestra salud, sino el voto. El milagro de la democracia como bien común y participación deja de ser el motivo de actuación o causa primera; ahora el foco se concentra en los beneficios del grupo o partido político que administra el poder, de su permanencia a toda costa, de sus intereses crematísticos, quiere esto decir que les importamos un bledo; y eso, señores políticos, no es ético.


La muerte no tiene párpados

 

Se cobija allí, en el tornasol de las alas de las moscas,

como ellas es negra y sin párpados.

A la vigía del equilibrio le escuecen las órbitas

de acechar a mortales descuidados.

Delega vigilias a las centinelas voladoras

para introducir unos segundos en agujeros, la cabeza,

 y aliviarse así de su destino y del fuego de los colores.

Las moscas guardianas no se frotan las patitas,

puntean fechas y nombres

de las listas, con saliva de aire.

Borran con pincelito negro si se equivocan

y ponen cruces en las cuadriculas de sus ojos.

A cambio, ¡oh a cambio!, les regala su benefactora

un tour por pasadizos de bocas y narices secas

con tropezones de sangre.

Pide la muerte clemencia, un poco de descanso mortal para los

 inmortales, llora cuando nadie la ve con sus ojos destapados,

apuñalados de arena.

Admira embelesada los putrefactos párpados que se pudren en las calaveras,

y es que nunca abrigó el sol tanto como esos telones de carnes.

Anuncia sin ser oida que canjea la inmortalidad por un ombligo

humano.La eternidad por la levedad de un sueño.

Le ordeno que me mire, ya no le tengo miedo, sus ojos están ensangrentados.

Lo hace. Y le enseño,

                               el placer de cerrarlos.

 

Barça- Real Madrid

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El enfrentamiento Barça-Real Madrid, el clásico ya enconado, es, como todo el mundo sabe, un conglomerado de símbolos silenciosos de envergadura y en aumento. A la arena deportiva se importan nacionalismos, complejos de inferioridad, de superioridad, manejos políticos, reivindicaciones en cuña inoculadas ya en la endoculturación. Quedan leves trazos del espíritu limpio, deportivo, de un antaño milenario, vestido, más que nunca, de rabias contenidas, previamente maceradas en viscosa sustancia de característica corrosiva ubicada en las alturas y de oscuros intereses. En segundo término, más infantil, por el terreno en el que nos movemos, está ese: "Mirar, somos superiores y sabemos hacer las cosas mejor que vosotros que tenéis el poder" Todo ello porque en algún momento, en un pasado de opresión, un equipo logró que todo un pueblo se identificara con él, y eso es un arma de calibre.

 

Ahora bien, más allá de la venda, tras la alegría del equipo ganador, la felicidad se desvanece a medida que avanzan los días, como si la dosis de tranquilizante de poder simbólico se diluyera con la realidad diaria, una dosis efímera, adictiva y algo anestesiante. Queda atrás, en el reguero de gloria simbólica el verdadero resultado, el triunfador de este pulso es quien o quienes se han encargado de prepararlo minuciosamente; quien o quienes saben remover las frustraciones que ellos provocan en miles de ciudadanos para beneficio propio, llámense grupúsculos políticos, llámense individuos en consecución de poder personal y económico.

 

Pero ocurre que la construcción de uno mismo y del otro se condicionan mutuamente y gracias al Real Madrid existe un gran Barça y al revés. ¿Dónde empieza la materia de uno y acaba la del otro? Tanto las características positivas como las negativas están hechas para reflejarse y brillar unas con otras. ¿O acaso no brilla más un Messi al lado de un Ronaldo y al contrario? ¿Cuándo se es más catalán, sino al lado de un madrileño y a la inversa? El "otro" siempre es una parte englobante de "nosotros".

Y cuando así se entiende no a lugar la intolerancia ni la manipulación hacia un congénere al que nos uniríamos sin dudarlo ante un enemigo común que nos atacara.

 

 

 

 

  Empieza a flaquear en mi memoria el sabor de los pestiños y las torrijas que mi abuela cocinaba la noche de todos los Santos, cuando ella encendía unas palomitas en recuerdo de sus muertos, que también son los míos. Algo ancestral se ha difuminado y ha ido a parar a la papelera de reciclaje, atacado por un virus llamado Halloween.

   

    El virus en cuestión, de apariencia inofensiva, se interactiva en todas las carpetas, sustituye archivos y transforma los iconos por figuras ridículas de brujas, calabazas y fantasmas que se enfrentan a mi coherencia. El antivirus del programa es manipulado, anestesiado, convencido del bienestar que produce la supremacía del extraño, con su idioma universalmente aceptado, indiscutible, con años de culturización inoculada a través de grandes anuncios llamados películas.

 

    En un principio, es aceptado por su actuar sibilino, jocosidad ante la muerte e importante actividad económica, aun en menoscabo de la tradición propia. Su misión es borrar el disco duro, construir un mercado sin fronteras físicas, alzarse con el poder tecnológico y manipular voluntades ajenas, así más gobernable a sus antojos.

 

    Hoy, pocos son los que restauran de su papelera de reciclaje los archivos antiguos, ésos que me dicen quién soy, de dónde vengo, ésos que conforman mis costumbres y con ellas mi carácter único, y me adaptan con sus ritos a mi tierra, a mis congéneres, al recuerdo de mis muertos; con todo ello algo menos global, algo menos manejable.

 

   

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  • Susana Plandugal: Gracias por su fidelidad mi querida lectora, efectivamente, "El agujero read more
  • lluisabarkeno: Sra. Plandugal hace semanas quepor motivos profesionales no podía conectarme read more
  • Lluisa Barkeno: Querida Susana aunque tardíamente he leído su artículo. Como siempre read more
  • Lluisa Barkeno: Querida Susana supongo que usted se referirá a la mancha read more
  • Susana Plandugal: Yes, it has ustd my permission, can share the blog read more
  • Liver Spot: Mi hermano me recomendó este blog y estaba en lo read more
  • Liver Spot: Hola. Encontré su página a travez de una búsqueda con read more
  • Friendship Poems: Howdy! Would you mind if I share your blog with read more
  • Dave Degenaro: Valuable information. Lucky me I found your site by accident, read more
  • Alice Mack: Glad I found this site!-Insurance Tips read more

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