I
El cliente, salvaje, empujaba mi
cabeza de títere contra su bragueta. Entre vaivenes podía ver empañarse los
cristales del coche, estaba siendo forzada a seguir el ritmo de la música que sonaba
en el CD-ROM: I Just can't help believing.
«Un: así puta, así, así...» acompañaba al estribillo de la canción de Elvis
Presley.
Ya desahogado, como impactado
por una lucidez divina, el sujeto pareció tomar conciencia de repente de que
estaba en la cuneta de una autovía y cualquiera podría reconocerlo aparcado en un
lugar tan sospechoso. Me empujó fuera del coche sin otra despedida que el de
drogadicta asquerosa, y un estridente derrape de ruedas que incrustó de piedrecillas
mi cara y mis ojos. Llegué a tumbos hasta un pino del pequeño descampado porque
además de no ver, creí que iba a desmayarme. Vomité la rabia que me daba tener las
venas sucias de sustancias que me anulaban.
He querido empezar por ahí por
ser ese mi último cliente y el principio del fin de una pesadilla, visto con la
perspectiva de un año hay momentos en que parece incluso no corresponderme. Todavía
deambulan sombras por mi memoria que me impiden dormir y dejar de mirar hacia
atrás. A pesar de todo, cuando se debilite la confianza en la vida, quizá me
ayude a comprender las extrañas razones y vericuetos de las que se sirve el
azar para cumplir su cometido.
A Judith Herrera, ésta ecuatoriana,
aquella noche le cambió la vida. Todo el terrorífico mes vivido hasta ese
momento pasó a formar parte de una experiencia difícil de asimilar. Si lo único
importante era sobrevivir, hacer de puta y estar drogada día y noche era un mal
menor ante los peligros que me acechaban.
En el grupo de chicas donde me
encontraba, yo era de las de más edad, mis veintitrés años casi parecían
demasiados para las pretensiones de los delincuentes que nos retenían. Me
hacían compañía cuatro compañeras ecuatorianas, tres cubanas, cinco de los
países del Este y dos españolas. El cebo para ser traída a España por esa red
de traficantes de mujeres, era la promesa de un trabajo honrado y un permiso de
residencia; pero una vez llegada al destino, me encontré retenida
indefinidamente con una deuda difícil de pagar y amenazada de muerte. Supe que
las demás fueron engañadas de la misma manera, excepto las dos chicas españolas
que las captaron a través de la droga. Había camellos que se encargaban de informar
a la mafia sobre jovencitas de buen aspecto, muchachas sin hogar que no podían
pagarse su adicción.
Recuerdo el caso de una
compañera que no regresó a dormir. Madrugada, tras madrugada, la cama vacía me recordaba
que todavía podía ser peor. El miedo y alivio de no haber sido elegida para una
desgracia mayor, tenía más fuerza para borrarla de la memoria que el natural
transcurso del tiempo. Otra de las chicas, Sara, una de las más jóvenes y rebeldes,
destinada a trabajos especiales como decían ellos, regresó una noche con los
ojos emborronados de máscara de pestañas y sangre en la boca. Cuando se desnudó
le vi moratones y quemaduras de cigarro por todo el cuerpo, eso, y el labio
partido, dejaban pocas dudas sobre a que menesteres había sido sometida. Sin
embargo, a pesar de tan solo sus diecisiete años y del aspecto de niña
delicada, se introdujo en la cama enroscada como un ovillo sin emitir una queja.
Desde esa noche la niña frágil se ganó mi respeto y el de las demás, a juzgar
por el silencio igual al que se produce ante las catástrofes que llenó la
habitación.
No tener a nadie que me
esperara, que pudieran hacer daño o extorsionar, excepto a mi propia persona, era
el mejor acicate para un día intentar huir. Esa palabra machacaba mis
pensamientos: huir, huir... Si algo tenía claro a corto plazo, era pasar
desapercibida y fingir colaboración con los proxenetas como estrategia y salvoconducto
para seguir viva.
El protocolo de llegada a la
prisión se dividía en dos partes: la primera, doblegar la mente, seguida irremediablemente
por el cuerpo... En la habitación donde me alojaron no había ventanas, las camas
estaban distribuidas en literas igual que en un cuartel militar. El terror, las
vejaciones y los pinchazos de heroína las veinticuatro horas del día, se
sucedían hasta conseguir anular la voluntad. Siempre vi a tres secuestradores, en
realidad nunca supe de cuantos delincuentes se componía la totalidad de la
banda. A veces dejaban la puerta entreabierta de la habitación y los veía jugar
a las cartas en la sala contigua. Excepto al gordo caribeño, a los otros dos
uno muy moreno y otro de blanco extremo les gustaba pasear por los pasillos de
literas, para elegir a dos de nosotras al azar. Nunca me atrevía a mirarlos,
con la falsa esperanza de que si no miraba no propiciaba ser elegida.
Y eso fue, una falsa esperanza,
porque cerrar los ojos no me salvo de nada, aquella noche me tocó a mí. Arrastras
me sacaron de la cama sujeta por el pelo. María, la otra chica que iba a
compartir suerte, tropezó con mis piernas al caer de la litera de arriba. La cubana,
en el suelo, empezó a sacar espuma por la boca y a tener convulsiones en brazos,
piernas y cabeza, el chulo blanco crudo de aspecto nazi que la había empujado,
la levantó y la aplastó contra las camas con expresión de asco.
--¡Estás podrida maldita! --lo
dijo con un español torpe.
Con gestos violentos eligió a
la más cercana, fue el brazo de Sara el que atrapó y arrastró hacia la otra habitación.
Los valientes insultos que le profería la nueva víctima me hicieron sufrir,
porque sabía que sólo iban a servir para aumentar la ferocidad del nazi.
En aquel instante pensé que
nunca podría olvidar la cara del sujeto abalanzado sobre mí, ni la repugnancia
que su asquerosa piel y aliento me producían. Sin embargo, la memoria ahora me
imposibilita describirlo y sólo queda el recuerdo de una sombra picada de
viruela. La ausente mirada de Sara desde la cama de al lado, me enseñó que
había que evadirse rápido del cuerpo martirizado, a pesar de que la sabandija
que tenía encima, había atado una cuerda a mi cuello y tiraba de ella cada vez
que me embestía.
Oí gritar al nazi sobre el
cuerpo de mi compañera de suplicio.
--¡Toma! ¡Toma! esto para que te
vayas acostumbrando.
Desde la cama, con la cabeza
colgada, veía boca abajo al gordo caribeño. Sonreía baboso el trabajo que
hacían sus compañeros, mientras derramaba con tino de ebrio una botella de
coñac sobre el filo de un vaso.
Simulé obediencia, con ello
evité algunas palizas y más abusos privados. Me llevaron a un club nocturno donde
me obligaban a trabajar hasta el amanecer, pero al menos logré que disminuyera
la dosis de heroína; aunque siempre pensé que era para disimular ante los
clientes que las chicas no estuviéramos demasiados drogadas. Sus razones daban
igual si yo me encontraba con mejor estado de conciencia.
La siguiente recompensa a mi colaboración,
era disfrutar del aire libre. Me trasladaron a una zona concreta de una
autovía, donde supongo que las distintas mafias negociaban sus territorios, porque
veía a mujeres que no eran de mi grupo. Mi horario, como el de todas, era desde
las doce de la mañana hasta las tres del mediodía y después de comer hasta las doce
de la noche, a partir de esa hora seguía hasta las cuatro de la madrugada en
los clubes. La mierda metida en las venas y sus aterradoras amenazas, eran
consideradas como suficientes perros guardianes para custodiarme sin problemas bajo
el cielo abierto. La droga empezaba a parecerme la única ayuda que permitía
soportar lo que estaba viviendo.
Pero aquella noche en el
descampado de la autovía, tras la vomitera, con el aire fresco del mes de
octubre, algo me insufló fuerzas para acariciar la posibilidad de escapar. Lo
sentía por Sara, los proxenetas habían descubierto nuestro afecto y a falta de
otros familiares a los que dirigir sus amenazas para coaccionarme, Sara, según
ellos, sería quien pagaría las consecuencias.
Los faros de los coches
descubrían a rachas mi minifalda de charol blanco y las botas del mismo color.
Mis piernas morenas y el suéter negro debían verse desde la perspectiva de los
conductores, invisibles. No era difícil imaginar la visión espectral de las dos
prendas caminando solas por la cuneta. Me encontraba en la autovía de Barcelona
a Vic: dos pistas de asfalto persiguiendo en su recorrido los inicios del
parque natural del Montseny, una zona montañosa plagada de bosques, a tan solo
cuarenta kilómetros de Barcelona. Cuando mi último cliente marchó, eran las
doce menos cinco de la noche, la furgoneta que debía recogerme a mí y al resto
de las chicas esparcidas por la autovía para llevarnos a los locales de alterne,
estaba a punto de llegar.
La noche y mis ojos parecíamos
conformes con la luz de aquella luna mordida. En el valle, los pequeños pueblos
apiñados punteaban de luces el horizonte. Soplos del incipiente otoño se
empeñaban en envolverme con revoltijos de hojas secas, imaginaba en ese baile
de crujidos murmullos de libertad. Durante unos segundos dudé que el aglomerado
de chicle en el que se habían convertido mis músculos y tendones, respondiera
bien a una emergencia.
De repente, entre la catarata
de faros que fluía por la carretera, vi parpadear el intermitente de la
furgoneta. En ese instante alguna fuerza maligna clavó mis tacones en la tierra.
El vehículo detenido frente a mí, abría sus puertas. La luz interior iluminaba las
caras de mis compañeras, algunas, somnolientas, apoyaban sus cabezas mal
sostenidas en los vidrios de las ventanas. Sara, con los párpados a medio
cerrar estampaba en el cristal una ventosa con sus labios, desde fuera me
pareció la molleja enroscada de un enorme caracol rojo. La voz del conductor, el
gordo caribeño, resonó distorsionada en mis oídos:
--¿A qué esperas? ya tú sabes
zorra. ¿O, tendré que bajar a buscarla?
Mi cerebro huía a toda velocidad
con el revoltijo de hojas que me había envuelto hacía un rato, sobrevolaba el
bosque, los campos, las montañas...pero mi cuerpo no respondía a ningún impulso. Me
apagaba y encendía a ritmo del intermitente, la luz amarilla alumbraba mi
ombligo y se colaba por el corto margen del suéter. La paciencia del individuo
se acababa. Escuché el rasgueo del freno de mano. El gordo bajaba a por mí. Por
fin, me vi llevada por el movimiento descoordinado de mis piernas y brazos
mientras miraba hacia atrás enajenada, perseguida por un depredador. No vi las
zarzas, ni la maleza, fui engullida por el amasijo de vegetación negra del
bosque.
Al fin, mi abuela, hubiera
reconocido a su nieta Judith como una Herrera. Hasta su muerte, hacía solo tres
meses, había sido mi única familia. Regresé con ella cuando mis padres murieron
en un incendio; aunque nací en Ecuador pasé toda mi infancia en España, en Castillazuelo
un pueblecito de Huesca, adonde papá cuando yo tenía solo unos meses decidió emigrar,
y donde me eduqué y viví hasta los catorce años. Al desaparecer ellos, y ser
menor de edad, fui devuelta a mi país a cargo de la abuela.
La abuela Aquilina aminoró la
desgracia de haber perdido a mis padres, fue ella no la universidad quien se encargó
de formarme para la vida. Y sobre todo de inculcarme, durante la adolescencia,
el deber ancestral que tenía nuestro apellido.
Además del genio, compartíamos
los ojos y el pelo de india Topachi. De boca en boca, de padres a hijos,
contaban la valentía y resistencia de hierro de nuestra estirpe. A pesar de pertenecer
a una familia de pocos recursos económicos, éramos toda una institución en el
pueblo. Uno de nuestros antepasados salvó al poblado de morir arrasado por las
lluvias, a través del tiempo, la historia se magnificó tanto que no se supo bien
si realmente salvó a una persona, a dos familias, o a toda la aldea. Las restantes
historias sobre descendientes, quizás más obligados por el peso de la tradición
que por dones naturales, también estuvieron involucradas en salvamentos
heroicos. Por eso la abuela, siempre, al anunciarse como señora de Herrera,
apostillaba con urgencia que ese apellido nada tenía que ver con la profesión
de herrero, sino con la fortaleza del hierro. Aunque con el crecimiento tuve la
certeza de que el significado etimológico del nombre venía más de un
ascendiente español con esa profesión, que de cualquier otro atributo. No fui
yo quien sacó a la abuela de esa aureola de sobriedad en la que le gustaba
envolverse.
Me convenció de que había que
preparar el futuro y tuve todo su apoyo cuando decidí estudiar medicina. Le
prometí que volvería a España cuando ella muriera. Decía que un lugar como
Ecuador donde la miseria era tan natural como los sobornados políticos, no
tendría nunca futuro. La abuela trabajaba desde el amanecer hasta que se iba la
luz en las plantaciones de bananos, por las tardes bordaba ropa para tener
mayores ingresos y terminar de criarme, siempre le persiguió la inquietud de tener
muchos años y poco tiempo para velar por su nieta. Cuando murió me dejó un
medallón turquesa, recuerdo de la familia, que siempre me acompaña. Pensé que
daba igual el país donde me encontrara porque ya sabía lo que era sentirse sola
en este mundo, por entonces, acepté la oferta de una agencia que pedían chicas
para trabajar en el servicio doméstico en España.
La noche de mi huída cualquier
chasquido del bosque era analizado en defensa propia. El gordo caribeño no había
conseguido atraparme, le supuse ahogado en su propio sebo. Caminé durante dos horas
por sendas corta fuegos, entre montañas. Los ojos me escocían, mis pies se llagaron,
ya no pude más ante un llano donde alguien guardaba aparejos de campo, había un
tractor y los restos de un coche abandonado que me parecieron casi un hogar. No
hice caso del perro que ladraba a lo lejos, ni siquiera me planteé en ese
momento si en el lado del conductor había muerto alguien, a juzgar por el
espachurramiento de chatarra del asiento. Mi estatura menuda permitió acomodarme
sin esfuerzos en la parte trasera, fuera, la humedad de la noche se pegaba a
los pocos cristales que quedaban en las ventanillas. Al principio no quité ojo
a las esperpénticas sombras proyectadas por el arado y el tractor, pero el
cielo distrajo mis angustias porque nunca había contemplado un espectáculo igual:
la bóveda celeste arqueaba los luceros, e interpreté, más sosegada, con los párpados
del todo abatidos, que aquel galimatías de estrellas era mi primer regalo de
libertad.
Antes que la luz de la mañana
me despertó un temblor con latigazos: la sangre rememoraba a la heroína. El
síndrome de abstinencia me provocó sudoraciones, ansiedad, taquicardias... Intenté
respirar profundamente para controlar el acelerón. Un pañuelo de papel sirvió
para limpiarme las botas y la falda de charol de los azotes de la hierba, tenía
los brazos y las piernas llenos de garabatos de sangre coagulada por los
arañazos que me habían hecho las zarzas. Al menos era consciente de que
retornaba a mi cuerpo y a sus sensaciones, aunque fueran malas, porque tenía hambre,
frío y rugía en mi cabeza una manada de elefantes; pero era libre y en aquel
momento sólo debía escoger bien unos de los caminos que tenía delante de mí,
rogué al destino que fuera el menos malo y comencé a caminar por el que estaba asfaltado.
Las verrugas verdosas, peludas,
de las montañas del Montseny ondulaban el paisaje con gibas de arboledas. Desde
la perspectiva de la pequeña carretera que ascendía la autovía se había convertido
en una fina, ronca y tortuosa lombriz. Recordé, supongo inspirada en la soledad
del paisaje y sin dejar de mirar hacia atrás, a otra de las chicas
desaparecida. Supimos que había pedido ayuda a un cliente del club para escapar.
Dos días después oímos decir, en la barra, a uno de los camareros, que el
fulano había tenido un accidente mortal con el coche, de ella no supimos nunca
nada más. Volví a pensar en Sara, le pedí perdón y recé porque no le hubieran hecho
daño.
El asfalto de la carretera terminaba
delante de una cadena oxidada donde se columpiaba, entre chirridos, un cartel de
prohibido el paso en mal estado. La falta de otras expectativas hizo que la
saltara sin pensarlo dos veces. El camino privado era un cauce de chinas apuntalado
en sus bordes por discontinuos cipreses gigantes. Los árboles parecían suplir la
labor de una hilera de lacayos que señalaban el camino al visitante. Anduve sin
levantar la cabeza del suelo para no resbalar con la gravilla, al terminar de girar
una curva encontré de pronto, rayada por las rejas negras de una verja, una
mansión que tenía formas de castillo.
Era la primera vez que veía
algo así. Ajenos a la natural fragilidad del entorno se alzaban tres torreones magnánimos,
coronados con almenas y ventanales de cristales de colores, al más alto, el que
se encontraba en medio, le calculé unos veinte metros de altura. Empujé con
esfuerzo la cancela de hierro que la hiedra maniataba. Al otro lado un jardín tapizado
de hojas caídas color ocre, se extendía bajo mis pies. Bajo la hojarasca, entre
pequeños claros, aparecía un estrecho camino de piedras en forma de "Y" que llevaba
hacia la casa.
Los árboles centenarios, tan
majestuosos como la vivienda que guardaban, delimitaban de forma natural ambos
lados de la parcela. A la izquierda, a medio camino antes de llegar a la
entrada, descubrí entre las hojas la punta del ala de un angelito de bronce que
levitaba sobre la estructura de una fuente atrebolada. A los pocos metros empecé
a distinguir los barrotes acristalados de una puerta en forma de arco, parecida
a las que se colocan en las iglesias. Entre las volutas doradas de la
estructura, pude diferenciar una figura tenebrosa que manipulaba desde el
interior la cerradura. Una señora vestida de negro abría la puerta entre un
gruñido de goznes, tras ella el perfil de una chimenea de piedra, ante ella, yo,
exhausta, dispuesta a pedir ayuda; pero no hizo falta que abriera la boca, ni
siquiera de emitir el balbuceo que seguro me hubiera salido en ese momento,
porque recibí una orden inmediata:
--Pase --obedecí disimulando mi
contrariedad y agradecí a la providencia no tener que dar explicaciones. --Llega
quince minutos tarde. Sígame
Sus rasgos eran finos, de nariz
pequeña y labios armónicos, sin embargo, todo en ella aparecía estirado, actitud,
figura y voz revestían tal severidad, que contagiaba la rectitud de sus formas.
Erguí todas las vértebras que pude para no desentonar con el decoro de su
sombra.
Ahora, un otoño más tarde, me
doy cuenta de la docena de abrigos bajo los que oculta el ser humano lo mejor
que tiene. Quizá mientras más frágil es nuestra materia interna, más gruesas deben
ser las capas y más altos los muros que la defiendan.
Caminé tras ella, ansiosa por
saber que esperaba de mí. Su cintura estrecha distraía sobre el cálculo de su edad.
Llevaba el pelo recogido en un moño color chocolate. Me atreví a aventurarla no
más de cincuenta benevolentes años, confirmé la consistencia de las paredes de
aquella casa para que la vejez no la hubiera descubierto todavía.
Sus pasos y los míos crujían los
escalones de madera. Atravesamos interminables salas y un sorprendente invernadero
interior lleno de helechos, que daba a lo que sería mi habitación. Sobre la
cama, un uniforme azul claro de sirvienta reposaba coqueto, asistido en la pose
por un fantasma plano.
--Tienes treinta minutos para
cambiarte y bajar al salón.
Mi segunda preocupación después
de la ducha, era saber si iba a ser capaz de encontrar el camino de regreso al
salón.
Para leer más: http://www.bubok.es/comprar/El-agujero-de-sal/id=209659.
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